1 de enero de 2012

2012

Hay un tiempo en el que hay que dejar las ropas usadas que adoptaron las formas de nuestro cuerpo y en el que debemos olvidar los caminos que nos han llevado a los mismos lugares. Es ahora el tiempo de la travesía, y si no nos animamos, habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.
Fernando Pessoa, 
citado por Dora Barrancos al inicio de  
Mujeres de la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos.

Que el 2012 sea maravilloso para todos ustedes.

22 de diciembre de 2011

Aires navideños

¡Feliz Navidad!
En la foto: plato de porcelana que pinté a mano hace varios años y muffin/pan dulce hecho por mi mamá :).

15 de diciembre de 2011

Libros recomendados

En una de los últimas entradas del año de este blog (que existe hace cinco años ya, qué increíble), quería recomendarles tres libros. Ninguno de los tres libros son novedades, al contrario, dos de ellos son clásicos de la literatura argentina y solo uno de ellos es ficción. Tienen en común, curiosamente, que los tres tienen tapas en tonos rojizos y a los tres los descubrí en el último año y medio de lecturas.

El primero que les quiero recomendar es uno ya bastante conocido si leen este blog: La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritoras en la Argentina: 1830 -1870 de Graciela Batticuore, publicado por la editorial Edhasa. Cuando empecé a buscarlo el año pasado casi había desaparecido de las librerías, pero creo que hicieron una reedición y lo he visto por varios locales, así que no es tan complicado encontrarlo. ¿Qué más puedo decir de este libro que ya no haya dicho? Para alguien que se dedica a la escritura, este libro es la historia de esas mujeres que abrieron el camino, que soportaron miradas torcidas, insultos, burlas y maledicencias y aún así siguieron escribiendo. Bello libro, uno de los más bellos que he leído en los últimos años. Y tiene algo en particular que me atrae mucho: como todo libro de investigación, las notas al final son tan interesantes como los capítulos en sí, no se las pierdan.


(Pueden ver que el libro fue bastante trabajado, está medio destruido pobre :)

Un clásico de la literatura argentina: Boquitas pintadas de Manuel Puig. Hasta que leí este libro me sucedía algo raro: los libros ya no me atrapaban como antes. Es cierto que cuando uno lee mucho, a veces demasiado, se va acostumbrando a cierto modo de escribir o algunas ideas que no se renuevan. Boquitas pintadas logró sorprenderme (por su estilo, por su estética, por sus temas) como hacía rato que no me sorprendía con un libro. Contar de qué se trata esta novela es casi imposible, mejor es empezar a leerla sin parar hasta llegar al final y desde ahí seguir por todos los libros de Puig.


Otro clásico al que he llegado tardísimo, pero seguro :). Si leyeron Lo que no se nombra se habrán dado cuenta de la simpatía que siento por los anarquistas. Es una mezcla de fascinación y miedo, fascinación por la vitalidad que tenían los que pertenecían a estos movimientos a principios de siglo XX en Argentina, y también temor, por la violencia de la que eran capaz. Severino di Giovanni. El idealista de la violencia  de Osvaldo Bayer es uno de esos libros a los que uno llega después de haber recibido muchas recomendaciones y mirado con desconfianza. ¿Pero tan bueno es? Sí, así de bueno es. Es casi una novela y uno se deja llevar por el entusiasmo con el que Bayer narra la vida de di Giovanni, que con sus veintitantos años es pura vitalidad y pura violencia.
 

Hasta acá mis recomendaciones. No soy muy de andar a la vanguardia de lo que se publica, me gusta hacer mi propio camino a la hora de leer e ir dejándome llevar por las lecturas que llevan a otras lecturas. He leído otros libros, en su mayor parte ensayo, pero ninguno ha logrado provocarme lo que estos me han provocado: esa satisfacción de estar leyendo algo distinto, algo bueno, algo que me devolvía a esa sensación que tenía de chica al abrir un libro, una mezcla de ansiedad y fascinación.

Ahora, si quieren, cuenten: ¿qué libro los ha sorprendido últimamente?

11 de noviembre de 2011

Lo que ve una escritora romántica cuando ve una fotografía antigua

Ya habrán notado que, además de ser fanática de Jane Austen y Mariquita Sánchez de Thompson, también lo soy de las fotografías antiguas. Como siempre les comento, la trama de Lo que no se nombra está  inspirada precisamente en ese encanto que tiene para mí contemplar fotografías que congelen un momento en el pasado.

Hace un tiempo descubrí el libro Los años del daguerrotipo. Primeras fotografías argentinas, 1843-1870 y no pude evitar comprarlo (pueden ver la ficha del libro por acá, tiene un precio que siempre me deja un poco perpleja, pero bueno, si les interesa el tema es muy buen libro). Hay una publicación que hizo Clarín hace varios años de fotografías argentinas que todavía se puede conseguir a precio de saldo en la calle Corrientes y que si bien no tiene la misma calidad de papel, tiene varios de los mismos daguerrotipos (el de San Martín, el de Manuelita Rosas y el de Mariquita Sánchez, para nombrar algunos).


De este libro me encanta, por ejemplo, este daguerrotipo de Clotilde de la Barra de Mouján. Lo primero que pienso siempre que la veo es: "pobre, tan bonita y le pusieron Clotilde". Lo segundo que me atrae la atención es el vestido, claro, pareciera que todo el daguerrotipo está preparado para que uno note el vestido y las joyas de oro. Si miran con atención, Clotilde tiene en las sienes dos rulitos que se salen del peinado que parece muy estructurado, casi como si tuviera una redecilla o algo que estuviera sosteniendo el cabello.


Pero la estrella del libro para mí no tiene que ver ni con su valor histórico ni con su valor descriptivo, sino con algo más personal. El daguerrotipo que más me gusta es este, el del general Gregorio Aráoz de Lamadrid con dos de sus hijos, cuya datación, según el libro es de 1852-57. Y no es precisamente por el general que combatió junto a San Martín y Belgrano, sino por su hijo. Ah, sí, la escritora romántica que hay en mí no puede dejar de notar que el muchacho es tremendamente buen mozo.


Veámoslo más de cerca :).


Y un poco más cerca :D.


Le hice algunos retoques digitales a las fotos  para que se pudieran apreciar bien los detalles. Ese lunarcito que se ve en la nariz no es del muchacho, sino que parece algo que está sobre el daguerrotipo o incluso puede ser un defecto de impresión. Es claramento rubio (detalle muy evidente en la barba y el bigote), así como parece ser el general Lamadrid, tiene los ojos oscuros, la piel muy clara y está vestido de caballero (supongo que si fuese militar llevaría también su uniforme). La hermana se parece un poco a él, al menos en la forma del rostro y en los ojos, pero ella tiene el cabello castaño, y por más que intento no puedo encontrarlos a ambos parecidos a su padre.

Intenté averiguar un poco sobre los hijos de Lamadrid para conocer el nombre de este muchacho, lo que llevó algún tiempo porque al menos en Google, no hay demasiado. Si la datación del daguerrotipo como circa 1852-57 es correcta y suponiendo que el hombre tiene entre veiticinco y treinta años, podemos suponer que nació entre 1825 y 1830 aproximadamente. Como dije, costó un poco encontrar información sobre los hijos del general Lamadrid pero hallé en esta página, la lista de los doce hijos que Lamadrid tuvo con María Luisa Díaz Vélez e Insiarte. Los posibles candidatos para estar en este daguerrotipo son:

Pedro Miguel Aráoz de Lamadrid y Díaz Vélez, nacido en Tucumán en 1828 y casado con su prima hermana Josefa.

Eugenio Aráoz de Lamadrid y Díaz Vélez, nacido en Tucumán hacia 1830, no hay registro de su matrimonio ni tiene descendencia (eso lo hace perfecto para una novela, no digan que no :).

Hasta ahí, todo lo que dice Internet, el resto queda para la imaginación. Hay algo que me resulta muy atractivo de este muchacho y es el gesto de la mano en el bolsillo, le da un aire muy espontáneo al daguerrotipo, aire que es muy difícil de obtener, porque los que eran fotografiados debían permanecer sin moverse durante un buen tiempo para que la imagen se fijara. No se aprecia bien en la foto que saqué yo pero la muchacha está un poco borrosa, así que es probable que se hubiera movido mientras se tomaba el daguerrotipo. Otro detalle que lo hace atractivo es que el general Lamadrid mira ceñudo y amenazante a la máquina mientras su hijo tiene la mirada muy relajada que mira directamente a cámara y casi una sonrisa en los labios. Un galán, no puedo dejar de pensarlo.

¿Qué habrá sido de su vida? ¿Cómo era? ¿Cuál era su carácter, sus intereses, sus tristezas? Siempre me pregunto eso cuando veo fotos de gente desconocida. De este muchacho, vemos en esa imagen un minuto de su vida (que era lo que tardaba en fijarse un daguerrotipo), nos falta todo lo demás, que solo podemos imaginar...

31 de octubre de 2011

La máquina de escribir

Hace mucho tiempo, cuando ser escritora era un deseo y no una realidad como en este momento, yo soñaba con tener una  máquina de escribir. Estaba convencida de que para ser escritora debía tener una máquina: en las películas sobre escritores, siempre aparecía algún actor o alguna actriz y para demostrar que era escritor, se encotraba frente a una máquina escribiendo directamente las ideas en el papel. Por ejemplo, si no recuerdo mal, en la primera escena de Tras la esmeralda perdida, Katheleen Turner aparece escribiendo en su máquina una novela romántica. Mi deseo mayor, entonces, era poder tener una máquina y escribir las historias que se me ocurrían.


Cuando cumplí diecisiete años llegó la máquina. Y eso que era un sueño, se convirtió en una pesadilla. No sé si han intentado escribir directamente a máquina. Hay que hacer un gran esfuerzo por golpear las teclas, de modo que los brazos quedan cansados a los dos párrafos. Y además, creo que fue lo peor de todo, la máquina hace ruido, así que lo que uno va pensando se mezcla con las teclas y los tipos golpeando el papel y uno queda sordo. Fue imposible, realmente imposible, escribir directamente en la máquina de escribir y tuve que volver a lo que hacía siempre, escribir sobre hojas y con lapicera o lápiz.


Lo cierto es que nunca pude escribir nada en esta máquina, excepto una monografía sobre la novela María de Jorge Isaacs, que todavía tengo y es uno de esos trabajos que siento previos a mis novelas, aún si no son exclusivamente trabajos de ficción (algún día voy a hablar sobre eso, lo prometo :).


No pude resistirme y escribí en una hoja. La cinta todavía tiene un poquito de color, pero hay que golpear realmente las teclas para que se impriman sobre papel. Recuerdo que también la letra E tenía un problema y se quedaba pegada a la hoja y que cometer un error era un problema porque los correctores líquidos hacían pegotes en la hoja. Mejor no recordar ciertas cosas...



Las computadoras reemplazaron a la máquina de escribir. Ahora las veo, sobre todo a las más antiguas y las que vienen de colores menos usuales, como rosas o celestes, y las veo como objetos casi decorativos. Pero no extraño la época de escribir a máquina. Los teclados de las computadoras son mucho más amables, y apenas hacen ruido, los procesadores de texto hacen que uno pueda editar, corregir, imprimir... claro que tienen sus problemas y son menos poéticos, pero escribir ya es una tarea difícil y bueno, mejor no luchar contra una máquina de escribir. 

Después de todo, no todo tiempo pasado fue mejor...