Brújulas, viajeros, Buenos Aires

Revolviendo algunos libros me encontré con "Fundación mítica de Buenos Aires", un poema de Jorge Luis Borges, publicado en el libro Cuaderno de San Martín, en 1929. Un determinado verso, aquel que hace referencia a una brújula, me resultó emocionante porque es precisamente este objeto el que está siempre presente en mi novela.

No es casualidad que cuando se hable de Buenos Aires se haga referencia a viajeros, barcos, brújulas, mapas… La ciudad creció junto al Río de la Plata (tan inmenso que alguna vez fue llamado Mar Dulce) y a través de él han llegado hombres, mujeres, ideas, religiones, culturas que, a través de los años, se fundieron para configurar y difinir a Buenos Aires.


Fundación mítica de Buenos Aires

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aun estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Solo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.