La historia de un nombre

Ha sido muy grato que en estas pocas semanas muchas personas me preguntaran acerca del título de la novela. La primera respuesta que se me viene a la cabeza es: el título se me ocurrió en un viaje. O al menos una parte de él.

Un viaje que no tenía nada de paisajes románticos o vacaciones inolvidables. Fue, en realidad, en uno de esos engorrosos traslados que implican más horas de recorrido que el tiempo que uno tarda en realizar la tarea para la que decidió emprender la travesía. De todos modos, eso hizo posible que intentara ocupar el tiempo en algo más divertido que mirar por la ventanilla los interminables campos de la llanura pampeana. Empecé a jugar con una idea: un hallazgo que fuera fortuito, pero que al mismo tiempo tuviera importancia futura. Una historia donde hubiese algo perdido, algo verdaderamente significativo que debía ser encontrado en un lugar casi imposible.

¿Qué objeto podía ser tan relevante? Un libro, un reloj, una joya. Todo se me antojaba poco valioso, o quizás poco importante. Pero bueno, a veces las musas se dignan a inspirarnos y recordé que en la antigüedad, conocer el nombre de una persona, era tener un poder mágico sobre ella. No era un objeto lo que debía perderse en mi novela (porque de eso se trataba, de escribir una novela), sino un nombre.
Con esa idea dando vueltas en mi cabeza llegué a mi casa en un estado de “efervescencia creativa”, que no es ni más ni menos que muchísimas ganas de escribir. Desde hacía mucho tiempo deseaba contar una historia de amor en el Buenos Aires colonial, pero no podía lograr encontrar un buen argumento que me convenciera. Finalmente había logrado descubrir un corazón para mi novela.

Un nombre perdido.

Todo el proceso de escritura estuvo rodeado de ese afán de búsqueda que comenzó con el título. Hallar el período histórico preciso, los personajes adecuados, la historia de un amor tan fuerte que pudiera superar las barreras que el destino le imponía. Encontrar algo importante para alguien, algo que definiera a esa persona, algo que implicara alguna forma de poder sobre ella. Buscar un nombre perdido en un lugar casi imposible y peligroso. ¿Quién debería encontrar ese nombre? ¿Quién querría ocultarlo? ¿Y qué sucedería si nunca fuese hallado?

Un nombre perdido en el fuego.

Y la posibilidad de que nunca fuese encontrado.

Para el final, me reservo un datito curioso que tiene que ver con el título. Los pequeños detalles son los que hacen que una cosa común se convierta en algo que logra marcar la diferencia. En la portada de la novela (la imagen de la izquierda) el título está escrito con una bella tipografía. Sin embargo, la “g” de fuego no corresponde a ese tipo de letra, sino que fue especialmente diseñada a mano para mi libro. Esa elegante “g” se destaca y le otorga un halo de romanticismo a todo el diseño de la portada. Como dije antes, los pequeños detalles son los que marcan la diferencia.