Tomar el té en Las Violetas

Hace unos días fui con una de mis mejores amigas a tomar el té a la confitería Las Violetas en el barrio de Flores. ¿Té en pleno verano? Sí. Soy una más de las incondicionales seguidoras del “té de las cinco”, aunque en ese caso eran las tres de la tarde, y más que un té fue una especie de almuerzo-merienda. Y el acondicionamiento en la confitería hacía olvidar los rigores del clima.

Nunca había ido a Las Violetas, aunque sí muchas veces había visto desde la calle sus vitrales (si no están en la ciudad de Buenos Aires, pueden verlos en la sección “Arquitectura” del sitio web de la confitería). Entrar a la confitería es casi un pequeño viaje en el tiempo, a la década del 20, y me sentía casi en la obligación de estar vestida a la moda de aquellos años.

Pedimos, con mi amiga, el “María Cala”, una de las opciones que ofrece Las Violetas para la hora del té. Exquisito. No hay otra palabra para describirlo. Por un momento me sentí como en la nueva película de Sofía Coppola, María Antonieta. Las fotos sirven para entrever una pequeñísima parte de las delicias que probamos. El “María Cala” es muuuy abundante y alcanza (y sobra) para dos personas hambrientas o, mejor aún, para tres.

En la confitería también se pueden comprar, en caso de que nos quedemos con las ganas de consumir un “poquito más” de lo que ofrecen en el té, tortas, budines e incluso la misma vajilla decorada con el logotipo del local, al igual que las servilletas de papel.

Para terminar, uno de los detalles imperdibles, de esos que marcan la diferencia, de esta confitería son los sobrecitos de azúcar ilustrados con una reproducción de los famosos vitrales del local.

Las Violetas