Las mujeres de Buenos Aires

Durante los siglos XVIII y XIX fue muy frecuente en Europa la publicación de diarios de viajes escritos por viajeros que recorrían las lejanas zonas de América, Asia y África. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift (de lectura imprescindible), en claros términos de sátira política y social, nos muestran hasta qué punto estaba extendida aquella costumbre. Y es que: ¿podía aventurarse un comerciante, un colono, un gobierno a visitar determinada zona (con el esfuerzo que ello implicaba) sin saber nada antes?

Buenos Aires no fue una excepción a esta costumbre. Muchos viajeros la visitaban y dejaron un registro de algunas de las características de la ciudad: su clima, su suelo, sus habitantes. De tres de ellos (incluyendo el de un soldado que vino con la primera Invasión Inglesa de 1806) les dejo los siguientes comentarios sobre las mujeres de Buenos Aires:

Las mujeres en esta ciudad, y en mi concepto son las más pulidas de todas las americanas españolas y comparables a las sevillanas, pues aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con más pureza. He visto sarao en que asistieron ochenta, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española, y sin embargo de que su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y demás del Perú, es muy agradable por su compostura y aliño.

El lazarillo de ciegos caminantes. Desde Buenos Aires hasta Lima, 1776.

El bello sexo es interesante, no tanto por su educación como por un modo de hablar agradable, una conversación chistosa y las disposiciones más amables. Era invierno cuando nos adueñamos de Buenos Aires; durante esa estación se daban tertulias, o bailes, todas las noches en una u otra casa. Allí acudían todas las niñas del barrio, sin ceremonia, envueltas en sus largos mantos, y cuando no estaban comprometidas, se apretaban juntas, aparentemente para calentarse, en un sofá largo, pues no había chimeneas y se utilizaba el fuego solamente con frío extremo, trayéndose al cuarto en un brasero, que se coloca cerca de los pies, y entonces ningún extranjero deja de sufrir jaqueca por los vapores del carbón.

Alexander Gillespie, Buenos Aires y el Interior, publicado en 1818.


Las madres porteñas cuidan celosamente sus hijas en los lugares públicos y en las calles. Si la madre no puede hacerse presente la tarea es delegada a alguna esclava o sirvienta que recibe órdenes secretas. No obstante... ¿no podría sobornarse a la esclava? Se dice que esto sucede, y que el ardiente amante ha logrado establecer una correspondencia con su amada por medio de la negra mensajera.
Las muchachas casaderas son guardadas con gran severidad -si no con austeridad- por sus madres. Me temo que aqui, como en todas partes, las mujeres se casen sin amor. "¿Por que se casó usted?", le preguntó un amigo mío a una señora que parecía desgraciada. "Para ser libre -exclamó ella- como tantas otras mujeres antes de mi".
Las mujeres se casan muy jóvenes, a menudo entre los trece y los catorce años. Verdad es que la pubertad es mucho más temprana que en nuestro país, y que sus gracias se marchitan más pronto.

Un ingles, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825. Atribuido a Thomas George Love.