Paula y la biblioteca

Paula Yraola es una joven distinta por algo que para todos nosotros es una necesidad casi primordial: sabe leer. En su libro Los Mercaderes del Buenos Aires virreinal, Susan Socolow señala que pocas mujeres podían firmar sus nombres y que una menor cantidad sabía leer y escribir. Paula Yraola, en cambio pasa gran parte de sus días sumida en la lectura filosófica, bastante aislada del mundo que la rodea hasta que un tropezón en la calle logre hacerle poner los pies en la tierra.

No podría hablar de Paula y sus lecturas sin mencionar una de las habitaciones más importantes de la casa. La biblioteca de los Yraola podría definirse como la biblioteca más completa de Buenos Aires, probablemente única en su género, aunque lo más seguro sea que jamás existió una igual. Y cuando digo que jamás existió una igual me refiero a que es muy poco probable que un conjunto de libros como ese (tanto en cantidad como en títulos) haya existido al menos en el Buenos Aires virreinal.

La biblioteca que se transmitió de madre a hija, de Antonia a Paula, es pura ficción. Siempre me sonrío pensando que suena mucho más ficticia la vida de William Burton como espía británico (pero que ya conté que es muy posible que fuera real, ver) y no el elemento más irreal de la novela que es esa biblioteca. Los libros eran caros, quizás no objetos de lujo, pero un bien que no toda familia poseía. Pero creo que ahí, en la creación de esa habitación, se encuentran más bien, los libros que yo hubiera deseado tener si hubiera vivido en esa época, en lugar de los que podrían haberse reunido en el 1800. Y, por ejemplo, hubiera deseado muchísimo poseer un ejemplar muy gastado de El contrato social de Rousseau, o El espíritu de las Leyes de Montesquieu, verdadereas "novedades" de la época y libros que marcaron los siglos XVIII y XIX.

Pero uno de mis favoritos de la biblioteca Yraola es la colección completa de la L'Encyclopédie. Un lujo, algo que Antonia Yraola consiguió con extrema velocidad considerando que el último volumen se publicó en Francia en 1772 y que, más importante aún, estaba dentro del Index de libros prohibidos por lo que su circulación era ilegal dentro del Virreinato del Río de la Plata.

No puedo dejar de preguntarme cómo los habrá conseguido Antonia (quien cada vez se me hace más y más real) y los caminos que deben haber recorrido esos volúmenes en francés hasta que los ojos de William Burton, oculto por Guillermo Miranda, se sorprendieran al verlos en los estantes iluminados por el sol, de una biblioteca de Buenos Aires.