El primer día de clases

Hoy comienzan las clases en gran parte de las escuelas de Argentina. Si bien para mí esos comienzos de clases ya han terminado hace bastante tiempo, no puedo dejar de recordar esa sensación, mezcla de angustia y alegría, que implicaba el comienzo del año escolar.

A continuación transcribo los primeros párrafos de un libro entrañable, Corazón de Edmundo de Amicis, de mi pequeña colección Robin Hood. Corazón relata las vivencias de un año escolar de un niño que está creciendo (los niños no hacen otra cosa que crecer).

Me pregunto si los niños que empiezan hoy las clases habrán leído Corazón. ¿Habrán llorado con el final? ¿Se habrán emocionado con los cuentos? ¿Habrán reconocido en los personajes a sus propios amigos? Espero que sí.


Hoy, ¡primer día de clase! ¡Pasaron como un sueños aquellos tres meses de vacaciones consumidos en el campo! Mi madre me condujo esta mañana a la sección Bareti para inscribirme en la tercera elemental. Recordaba el campo, e iba de mala gana. Todas las calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de chiquillos; las dos librerías próximas estaban llenas de padres y madres que compraban carteras, cuadernos, cartillas, plumas, lápices; en la puerta misma se agrupaba tante gente, que el bedel, auxiliado de los guardias municipales, tuvo necesidad de poner orden. Al llegar a la puerta sentí un golpecito en el hombro; volví la cara: era mi antiguo maestro de la segunda, alegre, simpático, con su pelo rubio rizoso y encrespado, que me dijo:

-Conque, Enrique, ¿es decir que nos separamos para siempre?

Demasiado lo sabía yo; y, sin embargo, ¡aquellas palabras me hicieron daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas, criadas, todos con niños de la mano y cargados con los libros y objetos de que antes hablé, llenaban el vestíbulo y escaleras, produciendo un rumor como cuande se sale del teatro. Volví a ver con alegría aquel gran zaguán del piso bajo, con las siete puertas y las siete clases, por donde pasé casi todos los días durante tres años. Las maestras de los párvulos iban y venían entre la muchedumbre. La que fue mi profesora de la primera superior me saludó diciendo:

-¡Enrique, tú vas este año al piso principal, y ni siquiera te veré al entrar o salir! -y miró con tristeza.