Mr. Darcy (o Lectura anual de Orgullo y Prejuicio)

He sido durante toda mi vida un ser egoísta, en la práctica, aunque no por principio. De niño me enseñaron qué era lo correcto, pero no me enseñaron a corregir mi genio. Me dieron buenos principios, pero me permitieron aplicarlos con orgullo y vanidad. Siendo, por desgracia hijo único (hijo único durante muchos años), mis padres me consintieron; a pesar de ser buenos ellos mismos (mi padre, sobre todo, era la benevolencia y la amabilidad personificada), me permitieron, me animaron, casi me enseñaron a ser egoísta y dominante; a no preocuparme por nadie que fuera ajeno a mi propio círculo familiar; a pensar mal del resto del mundo; a querer, al menos, pensar mal de su buen sentido y de su valía comparados con los míos. Así fui de los ocho a los veintiocho años; ¡y así podría seguir siendo si no hubiera sido por tí, Elizabeth querida, amadísima! ¡Cuánto te debo! Me has enseñado una lección; muy dura al principio, pero muy provechosa. Me humillaste como me merecía. Me presenté ante tí sin dudar para nada de la acogida que me darías. Tú me enseñaste cuán insuficientes eran mis pretensiones para complacer a una mujer como se merece ser complacida.


Jane Austen, Orgullo y Prejuicio, capítulo LVIII.