Sensatez y Sentimientos (Sense and Sensibility)

El primer contacto que tuve con Jane Austen fue a partir de la película de Ang Lee, Sensatez y sentimientos (1995). Ha sido tan fuerte este primero contacto con esta bellísima película, que aún hoy la sigo mirando en repeticiones de canales de cable. La traducción del libro al cine ha sido más que perfecta. Emma Thompson y Kate Winslet (dos grandiosas actrices que siempre me ponen la piel de gallina) aún hoy, después de haber leído varias veces el libro de Austen, le dan el rostro a Elinor y Marianne Dashwood.


¿Cuánto habrá de la propia vida de Jane Austen en esta novela? Se sabe que Sensatez  y Sentimientos tuvo un primer formato de novela epistolar pero poco se sabe de si algunas experiencias de su vida fueron la base para alguna de sus novelas. Lo más probable es que nunca lo sepamos. Si bien muchas cartas de Jane Austen se han conservado hasta hoy, es sabido que su hermana Cassandra, quien era su principal confidente, cercenó varias de esas cartas y hasta destruyó varias al momento de su muerte.

De Sensatez y Sentimientos, Austen escribe en una de sus cartas a Cassandra: "No, te aseguro que nunca estoy demasiado ocupada para dejar de pensar en SyS (Sense and Sensibility). Puedo olvidarla tanto como puede olvidar una madre a su bebé mientras amamanta". Una estremecedora afirmación para alguien que siempre mantiene un tono de ironía en sus escritos y en sus cartas.

Del libro, les transcribo mi parte favorita, increíblemente interpretada por Emma Thompson en la película. Es el momento en que Elinor le revela a Marianne que hace tiempo que conoce la relación secreta entre Lucy Steele y Edward Ferrars y que la mantuvo en secreto, atada a una promesa. Marianne le reprocha esta corrección en los modales. Es también, creo, el momento de la novela en la que Austen demuestra que la dicotomía entre razón y sentimientos no es tal, que la recatada y racional Elinor puede sufrir apasionadamente tal como lo hará su hermana algunos capítulos después.


-¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.
-¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!
-No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.
-¡Cuatro meses! -volvió a exclamar Marianne-. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sos­tenido?
-En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.
Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Ma­rianne.
-A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño -añadió Elinor-, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría con­vencido.
-¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!
-Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apo­yarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi al­rededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su de­ber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no care­ce de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y des­pués de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y perma­nente y de todo cuanto pueda ponderarse una fe­licidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecua­do... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en as­pecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra su­perior a ella.
-Si es así como piensas -dijo Marianne-, si pue­de compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.
-Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro me­ses, Marianne, todo esto me ha pesado en la men­te sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta per­sona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos dig­no de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su ma­dre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mis­mos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queri­dos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.

Jane Austen, Sensatez y Sentimientos, Capítulo XXXVII.