La calle Corrientes

No hace falta enumerar demasiadas referencias para hablar de la calle Corrientes de la ciudad de Buenos Aires. La calle es mítica, sobre todo por su agitada vida nocturna, sobre todo en el ámbito teatral. Confieso que no soy una persona de gustos nocturnos, me gusta, más bien, salir por las tardes, sobre todo las de esta época, cuando todavía no hace tanto calor. Y al no ser de gustos nocturnos, durante muchos años desconocí lo que era la calle Corrientes un viernes o un sábado a la noche.

Hace unos años hice un curso de dramaturgia y con mis compañeros iniciamos unas salidas a los teatros de la calle Corrientes, no a esos grandes teatros de revista y grandes producciones, sino a esas salas muy pequeñas, de capacidad para veinte o treinta personas, donde todo lo que ocurre en la escena teatral sucede de manera mucho más cercana y mucho más artesanal. Los actores están ahí, a un metro, las voces están pegadas a tu oído, se puede escuchar el ruido del vestuario de los actores al moverse. La calle Corrientes me deslumbró por esa multitud de gente que salía de los teatros, pequeños o enormes, hablando, comentando la obra que acababan de ver, protestanto por lo mala que había sido o elogiando a tal o cual actuación. No la conocía y quedé enamorada de la noche en la calle Corrientes para siempre.

Sin embargo, como dije, no soy una persona de gustos nocturnos. Hay una calle Corrientes (la misma, pero otra distinta) que me gusta mucho más: la de un sábado a la hora de la siesta. Es más silenciosa, claro, los actores no han llegado todavía a los teatros y la gente todavía no busca lugar para estacionar. Quien conoce a la calle un día de semana, le parecerá un desierto con unos pocos peatones con cara de dormidos. Yo disfruto como nadie esa hora del día. Pierdo horas y horas buscando libros en las librerías de usados y, sobre todo, en las de saldos. Recorro en silencio las librerías, (comprar libros para mí es una actividad que debe realizarse en soledad), miro los libros, busco pequeños tesoros, grandes ofertas, alguna sorpresa, algún capricho. Hago sumas y restas, me preocupo por la cantidad de dinero que puedo gastar o no, finalmente pago y me voy, una y otra vez, de esas librerías que ya son mis favoritas.

Ayer sábado anduve recorriendo esa calle Corrientes que me gusta a mí: solitaria, somnolienta y llena de libros. Volví a mi casa cargada con cinco libros bastante pesados, los que iba hojeando en el colectivo. También volvía, como es evidente, con una enorme sonrisa en la cara.