Historia del maquillaje: Egipto y Roma

La cosmética y el maquillaje están ahí para representar algo: enfatizar un gesto, mejorar una deficiencia, incluso generar una reacción. En tanto seres sociales, los humanos siempre están en relación con otros y parece ser que siempre se han preocupado por su apariencia. En las tumbas más antiguas se encuentra joyería, por ejemplo, clara señal de que los hombres y mujeres siempre han estado preocupados por qué piensa el otro sobre ellos mismos. Estos posts sobre maquillaje e historia son parte de mi interés reciente por el tema, por lo tanto son un punto de partida y no reflexiones finales o, más bien, son algunos pensamientos que tiene una historiadora cuando ve un labial :). Solo me dedicaré a la historia occidental, porque es la que más conozco y en particular la europea porque es la que más influencia tiene en el maquillaje actual.


Uno de los registros más antiguos conocidos sobre el maquillaje proviene de la civilización egipcia. En esta sociedad, a lo largo de los casi dos tres mil años de historia de lo que llamamos el antiguo Egipto, hombres y mujeres por igual se interesaban por la cosmética y el maquillaje. Son bien conocidas las imágenes de personajes egipcios usando los ojos maquillados con líneas negras. ¿Qué implicaría para un egipcio delinearse los ojos? Podemos inferir que se le daba una gran importancia a la mirada, ya que no parece, por la iconografía que se buscase otra modificación tan extrema del rostro. Me estoy preguntando si el énfasis en los ojos delineados no estaría influido por los mismos jeroglíficos, como si la mirada también fuera un signo. Incluso llegaron a desarrollar un mito para explicar por qué se maquillaban: Horus en su pelea con Seth perdió un ojo e inventó el maquillaje para poder restablecer la perfección de su rostro. Pero también se ha comprobado que el kohl protege de los rayos del sol, que en Egipto es insoslayable, de las moscas y de las enfermedades oculares.


Utilizaban polvos rojos darle color a las mejillas y los labios y verdes para pintarse las cejas y los ojos. Usaban aceites, miel y ungüentos para evitar que la piel se les pusiese oscura y para disimular las arrugas. Seguramente el sol les lastimaba la piel con facilidad, y quizá por esa razón eran tan adeptos al maquillaje. Conocida es la costumbre de Cleopatra de bañarse en leche de burra y probablemente fuera una costumbre que las demás mujeres pudientes también realizarían. También era frecuente el uso de pelucas e incluso la reina Hatshepsut llegó a utilizar una barba postiza que era atributo exclusivo de los faraones. Para la piel, que seguramente se resecaba por el sol y la sequedad del desierto cercano, utilizaban grasas animales como las de hipopótamos, cocodrilos o gatos y también aceites vegetales y miel.

Para los antiguos romanos, en cambio, el uso del maquillaje era mirado con cautela. Los hombres no lo utilizaban porque lo consideraban poco masculino y también estaba mal visto para las mujeres. Al ser una sociedad en permanente guerra, el ideal femenino por excelencia era la madre, la matrona, que se quedaba en su hogar cuidando los futuros soldados del imperio. 


El ideal de belleza femenino era la naturalidad y la palidez de la madre que se queda en casa cuidando a sus hijos y a su esposo. Si una mujer se maquillaba era porque deseaba incitar a la sensualidad y eso no estaba bien para las matronas romanas. Ahora bien, ese era el ideal. Al igual que hoy, son pocos los privilegiados que pueden llegar a tener esa capacidad de responder al ideal, de modo que, si bien era rechazado todo tipo de embellecimiento del rostro para las mujeres (excepto para las prostitutas), tampoco las mujeres tenían la piel perfecta y blanca. Las matronas romanas usaban aceites, harinas, cera de abejas, semillas, incluso sudor de animales para que la piel luciera tal como se esperaba. 

 Uno de los pocos que recomendaba el uso de maquillaje era Ovidio, precisamente conocido por su interés en las relaciones amorosas. Dice Ovidio en El arte de amar: “La belleza es un don divino, mas cuán pocas se enorgullecen de poseerlo; la mayor parte de vosotras carece de tan rica dote, pero los afeites hermosean el rostro, que desmerece mucho si se abandona”. En otra sección del Libro 3 (dedicado especialmente a las mujeres) recomienda: 

“Sabéis que el alyabalde presta blancura a la piel y que el carmín empleado con arte suple en la tez el color de la sangre. Con el arte completáis las cejas no bien definidas y con los cosméticos veláis las señales que imprime la edad. No temáis subrayar el brillo de los ojos con una ceniza fina o con el azafrán que crece en tus riberas, ¡oh transparente Cicno [un río]! Yo he escrito un libro corto sobre el modo de reparar los estragos de la belleza, pero donde hallaréis mucha doctrina. Buscad allí los cosméticos de que tenéis necesidad las feas; en mi arte aprenderéis mil útiles consejos, si evitáis que el amante vea expuestos sobre la mesa vuestros frascos: el arte solo mejora cuando disimula. ¿A quién no provocan disgusto los menjunjes con que os cubrís la cara, que por su propio peso resbalan hasta su seno?; ¿a quién no apesta la grasa que nos envían de Atenas extraída de los vellones sin lavar de la oveja? No me parece bien que en presencia de testigos utilicéis la médula del ciervo y os restreguéis los dientes: estas operaciones aumentan la belleza pero son desagradables a la vista.” 

No puedo dejar de sonreír cada vez que leo El arte de amar de Ovidio, está claro que el poeta sabía bien de lo que hablaba. Les recomiendo mucho El arte de amar, no solo tiene consejos muy interesantes sobre el amor (y alguna que otra controversia) sino que es un libro divertidísimo que demuestra que en dos mil años las cosas no han cambiado demasiado en estos temas. 

Recapitulando, entonces, por un lado tenemos una sociedad como la egipcia que utilizó el maquillaje como parte de la vida diaria y sin restricciones, probablemente con fines mágicos, rituales, de embellecimiento y hasta medicinales. Por otro lado tenemos la sociedad romana que si bien conocía las diversas formas en las que se podía cambiar el aspecto del rostro femenino lo asociaban a un marcado interés sexual, por lo cual se reservaba su uso a las prostitutas. Es curioso porque estos dos modos de entender el maquillaje han perdurado en el tiempo, e incluso se han alternado en la sociedad occidental. En el próximo post veremos algunas características del maquillaje (o la falta de él) desde la Edad Media hasta el siglo XVIII. 

Algunos links para seguir leyendo:
La matrona romana (en castellano).