Historia del maquillaje: el siglo XIX

Como les contaba en el post sobre el maquillaje desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, las revoluciones burguesas (la industrial, la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del siglo XVIII) traerán un cambio profundo a nivel social y económico. Si la nobleza había sido la clase que regía los destinos de los países en los períodos anteriores, a partir del siglo XIX sería la burguesía quien estará al mando tanto en el gobierno como en la economía. Este cambio social y económico, tuvo su consecuencia en un cambio en los patrones de conducta social. Si en los siglos anteriores la vida cortesana basada en la ostentación y el lujo en la corte, a partir del siglo XIX se produce una división bastante tajante entre la vida pública y la vida privada. La vida pública será parte del mundo masculino (los negocios, la política, la vida social en establecimientos por fuera del hogar como cafés y clubes) y la vida privada será el mundo de lo femenino (el cuidado del hogar, los hijos y la vida recatada). Si bien las mujeres no habían tenido una vida demasiado fácil en los siglos anteriores, el siglo XIX es un siglo de represión intensa y control de la conducta femenina hasta el mínimo detalle. El siglo XIX es el siglo de los corsés ajustados, las cinturas mínimas, los armazones en las polleras para imponer distancia y la mayor cantidad posible de piel cubierta por prendas interiores y capas de vestidos. Para hacer la historia del maquillaje en el siglo XIX voy a recurrir a una de mis escritoras más amadas, Louisa May Alcott, y vamos a ver cómo esta autora da cuenta de ese ideal de mujer que esperaba durante ese siglo.

La mayoría debe saber que a diferencia de lo que ocurría en el siglo XVIII donde hombres y mujeres por igual usaban maquillaje y pelucas, con el comienzo del siglo XIX comenzaron a dejarse de utilizar lentamente hasta desaparecer casi definitivamente. El cuidado estético pasó a ser una conducta considerada femenina, pensamiento que, con algunas variantes se mantiene hasta hoy. Como ya había sido considerado en épocas anteriores, durante el siglo XIX se pensaba que el maquillaje era propio de actrices y prostitutas (ambas actividades a veces eran consideradas similares) y también propio de las mujeres frívolas, que se aparecían demasiado en sociedad, mujeres que gustaban de aparecer demasiado en la vida pública, esfera a la que pertenecían los hombres.

Tres niñas, ca. 1856 (fuente The Commons de Flickr)

La sociedad burguesa del siglo XIX será una sociedad de comportamientos formales, de puestas en escena de modos de conducta. Un buen ejemplo de esa vida social es la novela La edad de la inocencia de Edith Wharton, no importaba lo que cada uno de esos personajes fuera, importaba cómo aparecía frente a los demás, no importaban sus miserias cotidianas, en tanto no fuera visibles, así como no importaba si Newland Archer y la condesa Olenska eran amantes (nunca lo fueron en términos "técnicos"), lo importante era que lo parecían y eso debía evitarse. La mujer de la familia burguesa (ya fuera en su versión de madre o de joven casadera) debían mantener una conducta tal que no avergonzara a su familia. Y es que si la nobleza tenía su sangre para mantener su honor y su status social, los burgueses tenían su buen nombre y su dinero. Como dice la publicidad hay cosas que el dinero no puede comprar y una de esas es la restauración del honor femenino. Controlar la vida sexual de las jóvenes, al punto de la más absoluta ignorancia era el modo de sostener ese honor, que una vez perdido, no podía ser recuperado.

Cuatro mujeres, ¿una madre y sus tres hijas?, ca. 1850. En una época en la que no había fijador de cabello, mousses o cremas para peinar, la única forma de mantener esos peinados era con tenazas puestas sobre el fuego (recuerden el episodio en el que Jo le quema el cabello a Meg) y la propia grasa natural de un cabello que raras veces era lavado (fuente: The Commons de Flickr). En particular en este daguerrotipo las mujeres están cubiertas por completo, pareciera que una no tiene guantes de cuero e intenta esconder la mano.

El ideal femenino en esta época era o bien la esposa ya encerrada en su hogar, cuidando sus hijos y preocupándose poco por embellecerse (muy similar a lo que se esperaba de la matrona romana) o bien la joven bella naturalmente, la que tenía la piel blanca, sin manchas, sin estar bronceada (porque eso es signo de haber trabajado al sol), sin pecas, una joven que no coqueteara (y en este momento podrán recordar muchas citas de novelas del siglo XIX sobre "coquetas" y "muchachas que flirtean descaradamente") y que no avergonzara a sus padres. ¿Qué se esperaba de ellas? También muchos saben la respuesta a esta pregunta: un buen matrimonio. ¿Y qué significaba un buen matrimonio? Un matrimonio que no destruyera la riqueza que el padre había acumulado. ¿Podía ser la elección matrimonial algo que las muchachas pudieran decidir? No, y de ahí, la represión sexual: no mostrarse, no coquetear, no lucirse, imponer distancia (piensen en los vestidos de Scarlett O'hara en Lo que el viento se llevó y el esfuerzo que tiene que hacer para besar a Rhett Butler) porque el honor (la virginidad) solo se perdía una vez y era para siempre.

Uno de los principales atractivos femeninos durante el siglo XIX fue el cabello, en esta fotografía Miss Grace Sutherland luce un cabello que le llegaba casi hasta los pies (fuente: The Commons de Flickr).

Es un poco raro hablar de represión basándome en un libro tan amado como es Mujercitas, y si bien algunos aspectos de la vida femenina, como el trabajo fuera de casa y las ambiciones literarias de Jo March, por ejemplo, tienen un lugar esencial en el libro, los días que Meg March pasa en casa de Sally Moffat son signo de que esas ideas no eran ajenas a Alcott. En el capítulo 9, "Meg visita la feria de las vanidades", cuyo título ya nos da una pauta de lo que vendrá. Les un fragmento:

-Mamá, quiero "confesar".
-Me lo imaginaba; ¿qué quieres confesar, querida mía?
-¿Debo ausentarme? -preguntó Jo.
-Claro que no; ¿no te digo siempre todo? Me daba vergüenza hablar de ello delante de las niñas; pero quiero que sepan todas las cosas terribles que hice en casa de los Moffat.
-Estamos preparadas -dijo la señora March, sonriendo, aunque algo preocupada.
-Les dije cómo me vistieron, pero no dije que me pusieron polvo en la cara; me apretaron la cintura, me rizaron y me pusieron como un verdadero figurín. A Laurie no le pareció bien; lo sé, aunque no dijo nada, y un caballero me llamó "una muñeca". Yo sabía que era una necedad, pero me adularon y dijeron que era encantadora y muchísimas otras tonterías, así que dejé que me pusieran en ridículo.
-¿Eso es todo? -preguntó Jo, mientras la señora March miraba silenciosamente la cara de su preciosa hija sin decidirse a censurar sus tonterías.
-No; bebí champaña, brinqué y traté de coquetear; me comporté de un modo detestable -contestó Meg con tono acusador.
-Sospecho que hay algo más -y la señora March acarició la mejilla suave, que se ruborizó súbitamente, mientras la joven respondía lentamente:
-Sí; es muy tonto, pero quiero decírselos porque detesto que la gente diga o piense tales cosas de nosotras y de Laurie.
Entonces relató las murmuraciones oídas en casa de los Moffat, y a medida que hablaba notó que Jo y su madre apretaban fuertemente los labios como disgustadas de que hubiesen metido tales ideas en la mente inocente de Meg.
-¡En mi vida he oído mayores estupideces! -gritó Jo con indignación-. ¿Por qué no se lo dijiste así al momento?
-No podía; ¡estaba tan desconcertada! Al principio no pude evitar oírlas y después estaba tan furiosa y avergonzada que me olvidé que debía alejarme.
-Espera a que yo vea a Annie Moffat y verás cómo se arreglan las ridiculeces. ¿Conque tenemos "proyectos" y somos amigas de Laurie porque es rico y luego puede casarse con una de nosotras? ¡Cuánto se reirá cuando le diga lo que aquellas tontas dicen de nosotras!
-Si se lo dices a Laurie, no te lo perdonaré jamás. Ella no debe hacerlo, ¿verdad mamá? -dijo Meg, alarmada.
-No; no repitan esa necia charla y olvídenla lo antes posible -contestó gravemente la señora March-. Fui muy imprudente en dejarte visitar personas que conozco tan poco, amables probablemente, pero mundanas mal educadas y llenas de ideas vulgares acerca de los jóvenes. No puedo decir cuánto siento el mal que esta visita puede haberte hecho Meg.
-No te preocupes por eso; no dejaré que me haga mal, olvidaré todo lo malo y solamente me acordaré de lo bueno, porque pasé muy buenos ratos y  te doy las gracias por haberme permitido ir. Sé que soy una muchacha tonta y permaneceré contigo hasta que sea capaz de cuidarme por mí misma. ¡Pero es tan agradable recibir elogios y cumplidos, que no puedo negar que me gustan! -dijo Meg, medio avergonzada por la confesión.
-Eso es perfectamente natural y no pernicioso, si tu inclinación no se convierte en pasión y te hace conducirte de manera estúpida o indigna de una señorita. Aprende a reconocer y apreciar las alabanzas que vale la pena recibir y atraerte la admiración de las personas buenas por ser modesta tanto como hermosa, Meg.


Maquillaje, coquetería, dinero, matrimonio. Todos los ingredientes de los temas que importaban al comportamiento femenino burgués en el siglo XIX. A las March no las afectaba la riqueza, porque no la tenían, de modo que solo tenían para sí el buen comportamiento y el rubor natural que les daba no usar corsés tan apretados como usaban las Moffat. También recordarán seguramente el capítulo donde Jo se corta el cabello obtener dinero para su padre y Amy le dice horrorizada que se quitó "su única belleza". Al ser pobres, también se les vigilaba el comportamiento, ya que los vecinos podían pensar que buscaban en la amistad con Laurie una forma de acceder a través del matrimonio a la riqueza y lo importante era no mostrar el interés en un hombre. No es diferente de lo que les pasa a las hermanas Bennet en Orgullo y prejuicio, aunque las pautas de comportamiento social de principios de siglo XIX no eran las mismas que las de la época victoriana porque las revoluciones trajeron aires de liberación para toda la sociedad (piensen en los vestidos livianos de las Bennet) que luego serían cercenados. Alcott conocía otras formas de maquillaje o cuidados estéticos. En Una chica a la antigua, su libro más conservador (tan conservador que debe escribir una nota en el inicio a modo de disculpas) menciona la cold creme, la perforación de orejas para utilizar aros, el uso de postizos en el cabello y las tristes botitas bronceadas que Polly se compra en lugar de llevarle regalos a sus hermanos. Al parecer la tensión entre lucirse y no lucirse, embellecerse o lucir el rubor natural de las mejillas, era algo que le preocupaba a la autora y probablemente a la sociedad norteamericana de mediados de siglo XIX.

Dos mujeres, probablemente las tres últimas décadas del siglo XIX (fuente: The Commons de Flickr)


Estas pautas de comportamiento social e ideales femeninos permanecerán casi intactos hasta la Primera Guerra Mundial en el siglo XX. A partir de esa fecha, se produce una verdadera revolución en términos de maquillaje y también en términos de la liberación sexual femenina hasta llegar a su culminación en la década de 1950 donde el ideal femenino es el gran símbolo sexual del siglo XX: la hermosa Marilyn Monroe.