Caloi

Estaba en la calle cuando me enteré de la noticia de la muerte de Caloi y exclamé un largo "¡No!". 

Escribir sobre Caloi es escribir sobre mi infancia, recuerdo los mundiales y la hinchada de Clementes moviéndose sincronizadamente haciendo la ola. Yo cantaba las canciones, esperaba los cortos en las publicidades tanto como esperaba los de Calculín (los que crecieron en los '80 deben recordar cómo Calculín nos llevaba a dormir por las noches). Tiempo después me enteré de que esos cortos de Clemente en los  mundiales habían sido escritos junto a otro que me acompañó durante la adolescencia y a quien le debo muchas lecturas: Alejandro Dolina, quien incluso inspiró un personaje en las tiras diarias de Clemente en Clarín, el filósofo Alexis Dolínades. Mi abuela leía a Clemente, mi mamá leía a Clemente y yo también, por supuesto. Ya más grande, solía ver Caloi en su tinta porque amo la ilustración y la animación e incluso el enorme mundo de la historieta argentina y él siempre transmitía esa paz y esa admiración por las cosas bellas que hacen tanto bien en los medios de comunicación plagados de vulgaridades, falsas discusiones y hasta insolencia.

La vida no se trata de injusticias o equilibrios, la vida es así, azaroza y casi cruel a veces como bien canta Serrat. Caloi, al igual que Fontanarrosa, era uno de esos que uno desearía que no se fueran nunca porque la gente inteligente no abunda, y menos aún la gente que nos hace reír con su inteligencia.

Caloi era de esos que cuando se van dejan un hueco enorme e imposible de describir con palabras y nos hacen sentir chiquititos y solos por un rato hasta que la sonrisa nos devuelva a la vida.