Entre los dedos y el papel

Siempre me llegan mensajes de lectores que, además de expresar su admiración por tal o cual novela (y también su desencanto por tal o cual detalle), me piden consejos sobre escritura. Mientras que no me es difícil responder a tanto cariño y admiración hacia mis novelas, y aceptar las críticas para las posteriores, me resulta complejo dar consejos sobre escritura. Quizá porque sea un proceso tan personal, quizá porque sea un proceso tan laborioso, quizá por muchas otras razones, dar consejos sobre escritura es una tarea casi imposible. Y aún así quería escribir sobre eso, tratando de aprehender lo imposible, ese momento en el que uno tiene una historia entre los dedos y el papel.

Las que siguen son algunas reflexiones, apuradas y ansiosas, sobre la escritura. Parte de ellas están reflejadas en Ojos color pampa, porque Memé Saldaña tiene todos mis vicios a la hora de escribir. En parte son reflexiones hechas en colectivos, producto de la imposibilidad de aprovechar el tiempo y dormir como hace mucha gente. Parte de ellas fueron reflexiones necesarias en el momento de la escritura o al momento de dar clases en talleres. Son reflexiones, no recetas. Lamentablemente no existe una receta para escribir una novela, un cuento, un poema. Y por fortuna no existe tal receta, de otro modo habríamos perdido esas voces que nos transforman, nos marcan, nos dejan huellas a la hora de leer. Espero que estas reflexiones sirvan de algún modo.

-Encontrar la voz propia. Siempre hay un autor que nos conmueve... no, conmover no es la palabra... siempre hay un escritor que escribe exactamente como queremos escribir y quizá por haberlo leído quisimos ser escritores, queremos escribir TAL CUAL él/ella escribe porque sus escritos reflejan exactamente cómo nos sentimos. ¿Debo nombrar el problema de esto? Lo nombro: no somos ese escritor, jamás lo seremos, nunca llegaremos a escribir como ese escritor porque no hemos vivido su vida, respirado su aire, comido sus comidas. La única voz que tenemos es la propia, buena, mala, chistosa, mandona, sabihonda, prepotente, dulce, distraída, casual, melancólica... Cada uno tiene su propia voz y lograr encontrar esa voz es el mayor hallazgo de un escritor y eso que va a hacerlo único, porque nadie puede vivir su vida, respirar su aire, comer sus comidas...

-Escribir duele en el cuerpo. No parece una buena noticia pero es necesario saberla. Pensar una historia es hermoso, soñarla, crear sus personajes, darles vueltas de un lado para el otro, entender qué piensan, comprender hacia dónde va la historia es encantador. Pero el acto físico de escribir duele. La espalda va a quejarse, los dedos no van a querer teclear más, los ojos van a lagrimear y no de emoción. Y todo esto va a ocurrir porque uno de los consejos que sí me atrevo a dar es ser regulares al escribir, en particular a la hora de encarar una novela. Escribir un poco todos los días, tener esa disciplina ayuda a que los dedos se aflojen y las palabras salgan mejor y más fluidas. Al igual que los deportistas, la constancia y el entrenamiento son necesarios para la escritura.

-No es posible que te enseñen a escribir: ya lo sabés. Ya sabés la historia que querés contar y ya sabés cómo querés contarla. El problema no es ese, el problema es que cuando querés escribirla empezás a tropezar y ahí es cuando pienso en ese momento "entre los dedos y el papel" o teclado en estos días (aunque recomiendo escribir un poco a mano para saber qué se siente). Y ese momento es tremendo porque el miedo hace su gran entrada triunfal. Y ahí es cuando tenés que hacerle un lugar y decir: "bueno, tengo miedo" y seguir escribiendo. Sí pueden ayudarte a redactar mejor que es una cosa distinta a escribir.

-La inspiración es copadísima. Es lo más, es increíble, es como estar enamorada y comer chocolate al mismo tiempo en un recital de Luis Miguel (bue, esa soy yo :). Y es un problema. Porque uno no puede estar en ese estado todo el tiempo (el enamoramiento da lugar al amor, el chocolate engorda y Luis Miguel debe descansar sus cuerdas vocales). ¿Y entonces? Entonces para no depender de la inspiración hace falta estructura. La estructura, que de poética no tiene nada, pero que sirve cuando se pierde el rumbo y no se sabe para dónde ir. La estructura es una maravilla en momentos de desesperación: "¿qué era lo que quería poner en este capítulo? Aaaaaaaah, cierto...". La estructura nos salva en momentos de naufragio, planificar una novela ha sido uno de mis grandes descubrimientos a la hora de escribir. Algunos dicen que fue Picasso, otros mencionan a Borges, no sé cuál de los dos dice: "Que la inspiración te encuentre trabajando" y cualquiera de esos dos muchachos sabían bastante de arte, ¿no? La inspiración sin trabajo, sin estructura, se queda en las primeras palabras de la historia que queremos escribir.

-En la escritura se pierde algo. Eso que tenés en la cabeza nunca va a ser tan perfecto como lo que escribís, no hay modo, las palabras no alcanzan para darle la dimensión suficiente. Hay recursos, sí, pero en algún momento hay que aceptar la imperfección de la palabra, y al mismo tiempo su belleza.

-Sacarle el romanticismo al lugar del escritor. Hay muchas fantasías sobre los escritores. Alguien llegó a preguntarme una vez si tenía todo mi dormitorio empapelado de rosa y si escribía en bata de satén rosada. No. Escribo en pantuflas en invierno y en ojotas en verano. En invierno me muero de frío aunque esté al lado de la estufa al estar tanto tiempo quieta y ningún té o mate cocido sirve para entrar en calor. En verano transpiro porque todavía  no tengo aire acondicionado (debo solucionar esto pronto). Hay momentos en el que miro el vacío sin saber qué escribir, hay momentos en que puedo hacer tres páginas en una hora. Es una labor que tiene sus vaivenes, sus días mágicos (y hasta Luis Miguel viene a cantar a mi lado) y sus días de trabajo arduo, como si estuviera escribiendo con una amoladora contra el asfalto. Aceptar ambos momentos es la clave para no desfallecer en la escritura de un texto.

-Leer todo el tiempo. Leer mucho, leer a los grandes, a esos que cita todo el mundo. Leer a Tolstoi, a Homero, a Austen, a Shakespeare, a Calderón de la Barca, a todos esos que forman cientos de "Biblioteca Básica" de las librerías de saldo. Por algo forman las "bibliotecas básicas", por algo son famosos, por algo lo que escribieron perdura 100, 200 o 2500 años. Algo tenían para decir y su voz pudo trascender las fronteras de los años.

-Hacer cursos y talleres. Sé que antes dije que nadie te puede enseñar a escribir pero si pueden ayudarte a ver cosas que no ves y, lamentablemente, hay cosas que alguien tiene que decirte. Es preferible que no sea un familiar/amigo/alguien querido porque o no te dicen todo, o si te dicen todo probablemente duela y te pelees y le recuerdes cuando te hizo algo que no te gustó, etc. Alguien lejano puede hacer maravillas y al decirnos qué hacemos bien y qué hacemos mal y qué podemos hacer para mejorar nuestra escritura. Haciendo talleres y seminarios descubrí ese otro pie fundamental para la escritura: los recursos, esos métodos para destrabar las trabas a la hora de escribir. Cada docente tiene sus trucos y algunos pueden servirnos, otros no, ahí radica lo interesante de hacer estos cursos.

-Saber para qué uno quiere escribir. Lo pongo al final porque esto es la más personal de las cuestiones. Más que personal, es íntima. Cada uno sabe para qué escribe realmente, para quién escribe realmente, y probablemente nunca se lo diga a nadie. Pero sin ese conocimiento íntimo es muy difícil escribir. ¿Por qué? Porque escribir es hermoso pero al mismo tiempo es una actividad difícil, dolorosa, llena de frustraciones, autoexigencias, momentos de desazón. Saber para qué uno escribe es fundamental porque es eso que nos guía en esos momentos, nos sostiene cuando flaqueamos y nos permite volver a escribir una y otra vez.

Hasta aquí estas reflexiones. No escribo nada sobre publicar. Publicar es otro universo que tiene que ver con la escritura, sí, pero no con el proceso de escritura en sí mismo. Publicar es toda una aventura personal, cuyos caminos son  más sinuosos y terribles que los de la escritura. Dependerá de cuánto querramos realmente publicar, y cuánto querramos sacrificar para llegar a que una editorial nos pague por nuestras palabras. Tarea compleja de escribir, que quedará para otro post.