Vigilar y castigar

Ayer tuve la oportunidad de volver a ver una de mis películas favoritas: La edad de la inocencia. de Martin Scorsese. Seguramente ya la hayan visto es un clásico de las películas histórico/románticas/basadas en libros como Orgullo y prejuicio o Lo que el viento se llevó, esas películas que suelen ser llamadas en mi familia como "esas que te gustan a vos". Y si bien es cierto que es "una de esas que me gustan a mí", de hecho, La edad de la inocencia es uno de esos referentes en los que siempre pienso cuando escribo. No es tan solo una de mis favoritas, es un punto de partida.

Nota: En el cartel de la película dice: "En un mundo de hipocresía y traición, ellos se atrevieron a romper las normas". Si conocen la historia es muy curioso porque... bueno, no es precisamente lo que sucede.

Con La edad de la inocencia me pasa algo y es que no puedo separar la película de la novela. Siempre suelo preferir la novela a la película, en general porque llego primero a los libros que a la película, sobre todo con novelas del siglo XIX. Pero con esta novela de Edith Wharton no me ocurrió así: primero vi la película y luego, muy luego leí la novela. La verdad es que fue una experiencia maravillosa descubrir cómo Scorsese, que no se caracteriza por hacer este tipo de películas, logra mantener la belleza de los detalles de Edith Wharton y no solo los mantiene, los magnifica y los hace parte del relato: los detalles cuentan la historia incluso más que cualquier diálogo, precisamente porque los diálogos están destinados a ocultar más que a decir.

Y como es Scorsese, también predomina la violencia. No en las balas y las persecuciones, La edad de la inocencia no tiene nada de eso, pero la violencia viene en otros formatos, en especial el formato favorito de los decimonónicos: la represión. Todo, todo está reprimido en esta historia, pero eso no significa que no exista el desprecio o el dolor o el deseo de despreciar o lastimar. De hecho, toda esa represión está destinada al dolor y al sufrimiento. ¿Para qué? es la pregunta ¿Para qué someterse a una serie de estructuras rígidas de comportamientos medidos y repetidos una y otra vez? Para luego obligarse a aceptarlos. Normas, estructuras, tradiciones (aunque no tan antiguas), comportamientos rígidos, grabados en piedra para no olvidarlos, establecidos por personas y luego vigilarse entre todos (en una pequeña sociedad como la de Nueva York) para castigar el incumplimiento (ya hablé de esto en el post sobre Historia del maquillaje en el siglo XIX).

Edith Wharton elige que el narrador de La edad de la inocencia lo diga de modo descarnado (y que Scorsese elige mantener en la maravillosa voz de Joanne Woodward):

Archer, que parecía estar asistiendo a la escena en un estado de curiosa incorporeidad, como si flotara entre los candelabros y el techo, no se preocupaba de nada más que de su propio papel en la acción. Cuando su mirada vagaba de una cara plácida y bien alimentada a otra, vio a toda esa gente de apariencia inofensiva concentrada en el pato silvestre de May como una banda de mudos conspiradores, y a sí mismo y a la mujer pálida de su derecha como el centro de esa conspiración. Y entonces vino a su mente, en un enorme destello compuesto de múltiples chispazos rotos, la idea de que para todas esas personas, él y madame Olenska eran amantes, amantes en el extremo sentido de los vocabularios "extranjeros". Adivinó que fue, durante meses, el centro de incontables y observadores ojos silenciones y pacientes oídos atentos; comprendió que, por medios que aún le eran desconocidos, se había logrado la separación entre él y la compañera de su culpa, y que ahora la tribu entera se juntaba en torno a su esposa en la tácita suposición de que nadie sabía nada, ni se había imaginado nada, y que la causa de la fiesta era simplemente el deseo natural de May Archer de despedirse cariñosamente de su amiga y prima.
En la vieja Nueva York, esa era la manera de quitar la vida "sin derramamiento de sangre": la manera de hacerlo de esa gente que tenía más horror al escándalo que a cualquier enfermedad, que ponía la decencia por encima del valor, y que consideraba que nada era de peor educación que "las escenas", excepto el comportamiento de quienes las provocan.
Si no vieron la película de Scorsese se las recomiendo ampliamente, es un deleite visual y auditivo (aquí tienen una muy linda reseña) y también un modo de ver cómo se cuenta una historia más allá de los diálogos y el argumento. Si no leyeron la novela por supuesto que la recomiendo, es tan bella como la película y tiene fragmentos extraordinarios como el que cité más arriba. Wharton nos va sumergiendo, capa tras capa hasta que nos encontramos con la esencia violenta de una sociedad a la que ella misma pertenecía.