Una cita los martes: Alucinar por un momento delante del espejo

     Pues, como iba diciendo, la fiesta viene a tener lugar al día siguiente, cosa que no entraba en el programa del invitador, que seguramente no tenía otra distribución que dar a las horas postreras de aquella noche. Cuando las niñas van a la tertulia, ya están, a la par de las mamás, fatigadas de esperar hasta la media noche, para entrar de las últimas en el salón, creyendo así hacer más efecto.
     Y sucede, sin embargo, lo contrario; pues ya a esas horas están desvirtuados los menjunjes de polvos, velutina, brillantina, etc., etc., con que se embadurnan deplorablemente hasta los labios, cosa que todo el mundo vitupera y es causa de mofa para la gente de buen sentido, mientras que creen embellecerse el rostro con esos falsos mirajes, que no sirven sino para alucinar por un momento delante del espejo, en la creencia de que sea cierto aquello de que a Cupido le pintan de ciego. Pero para los admiradores de su belleza de última hora, fabricada delante del espejo que les sirvió de colaborador inocente para su transformación momentánea, no; esto es más conocido que la ruda.
Santiago de Calzadilla, Las beldades de mi tiempo 

La fiesta descripta tiene lugar a fines del siglo XIX, organizada por un ministro inglés que el autor prefiere no nombrar. Me encantó encontrar esta referencia al maquillaje y me encantaría saber dónde compraban los polvos, la brillantina y quiénes las usaban a pesar de que no estaban bien vistas. Lamentablemente, Calzadilla prefería las bellezas naturales :).