21 de febrero de 2012

Historia del maquillaje: el siglo XIX

Como les contaba en el post sobre el maquillaje desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, las revoluciones burguesas (la industrial, la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del siglo XVIII) traerán un cambio profundo a nivel social y económico. Si la nobleza había sido la clase que regía los destinos de los países en los períodos anteriores, a partir del siglo XIX sería la burguesía quien estará al mando tanto en el gobierno como en la economía. Este cambio social y económico, tuvo su consecuencia en un cambio en los patrones de conducta social. Si en los siglos anteriores la vida cortesana basada en la ostentación y el lujo en la corte, a partir del siglo XIX se produce una división bastante tajante entre la vida pública y la vida privada. La vida pública será parte del mundo masculino (los negocios, la política, la vida social en establecimientos por fuera del hogar como cafés y clubes) y la vida privada será el mundo de lo femenino (el cuidado del hogar, los hijos y la vida recatada). Si bien las mujeres no habían tenido una vida demasiado fácil en los siglos anteriores, el siglo XIX es un siglo de represión intensa y control de la conducta femenina hasta el mínimo detalle. El siglo XIX es el siglo de los corsés ajustados, las cinturas mínimas, los armazones en las polleras para imponer distancia y la mayor cantidad posible de piel cubierta por prendas interiores y capas de vestidos. Para hacer la historia del maquillaje en el siglo XIX voy a recurrir a una de mis escritoras más amadas, Louisa May Alcott, y vamos a ver cómo esta autora da cuenta de ese ideal de mujer que esperaba durante ese siglo.

La mayoría debe saber que a diferencia de lo que ocurría en el siglo XVIII donde hombres y mujeres por igual usaban maquillaje y pelucas, con el comienzo del siglo XIX comenzaron a dejarse de utilizar lentamente hasta desaparecer casi definitivamente. El cuidado estético pasó a ser una conducta considerada femenina, pensamiento que, con algunas variantes se mantiene hasta hoy. Como ya había sido considerado en épocas anteriores, durante el siglo XIX se pensaba que el maquillaje era propio de actrices y prostitutas (ambas actividades a veces eran consideradas similares) y también propio de las mujeres frívolas, que se aparecían demasiado en sociedad, mujeres que gustaban de aparecer demasiado en la vida pública, esfera a la que pertenecían los hombres.

Tres niñas, ca. 1856 (fuente The Commons de Flickr)

La sociedad burguesa del siglo XIX será una sociedad de comportamientos formales, de puestas en escena de modos de conducta. Un buen ejemplo de esa vida social es la novela La edad de la inocencia de Edith Wharton, no importaba lo que cada uno de esos personajes fuera, importaba cómo aparecía frente a los demás, no importaban sus miserias cotidianas, en tanto no fuera visibles, así como no importaba si Newland Archer y la condesa Olenska eran amantes (nunca lo fueron en términos "técnicos"), lo importante era que lo parecían y eso debía evitarse. La mujer de la familia burguesa (ya fuera en su versión de madre o de joven casadera) debían mantener una conducta tal que no avergonzara a su familia. Y es que si la nobleza tenía su sangre para mantener su honor y su status social, los burgueses tenían su buen nombre y su dinero. Como dice la publicidad hay cosas que el dinero no puede comprar y una de esas es la restauración del honor femenino. Controlar la vida sexual de las jóvenes, al punto de la más absoluta ignorancia era el modo de sostener ese honor, que una vez perdido, no podía ser recuperado.

Cuatro mujeres, ¿una madre y sus tres hijas?, ca. 1850. En una época en la que no había fijador de cabello, mousses o cremas para peinar, la única forma de mantener esos peinados era con tenazas puestas sobre el fuego (recuerden el episodio en el que Jo le quema el cabello a Meg) y la propia grasa natural de un cabello que raras veces era lavado (fuente: The Commons de Flickr). En particular en este daguerrotipo las mujeres están cubiertas por completo, pareciera que una no tiene guantes de cuero e intenta esconder la mano.

El ideal femenino en esta época era o bien la esposa ya encerrada en su hogar, cuidando sus hijos y preocupándose poco por embellecerse (muy similar a lo que se esperaba de la matrona romana) o bien la joven bella naturalmente, la que tenía la piel blanca, sin manchas, sin estar bronceada (porque eso es signo de haber trabajado al sol), sin pecas, una joven que no coqueteara (y en este momento podrán recordar muchas citas de novelas del siglo XIX sobre "coquetas" y "muchachas que flirtean descaradamente") y que no avergonzara a sus padres. ¿Qué se esperaba de ellas? También muchos saben la respuesta a esta pregunta: un buen matrimonio. ¿Y qué significaba un buen matrimonio? Un matrimonio que no destruyera la riqueza que el padre había acumulado. ¿Podía ser la elección matrimonial algo que las muchachas pudieran decidir? No, y de ahí, la represión sexual: no mostrarse, no coquetear, no lucirse, imponer distancia (piensen en los vestidos de Scarlett O'hara en Lo que el viento se llevó y el esfuerzo que tiene que hacer para besar a Rhett Butler) porque el honor (la virginidad) solo se perdía una vez y era para siempre.

Uno de los principales atractivos femeninos durante el siglo XIX fue el cabello, en esta fotografía Miss Grace Sutherland luce un cabello que le llegaba casi hasta los pies (fuente: The Commons de Flickr).

Es un poco raro hablar de represión basándome en un libro tan amado como es Mujercitas, y si bien algunos aspectos de la vida femenina, como el trabajo fuera de casa y las ambiciones literarias de Jo March, por ejemplo, tienen un lugar esencial en el libro, los días que Meg March pasa en casa de Sally Moffat son signo de que esas ideas no eran ajenas a Alcott. En el capítulo 9, "Meg visita la feria de las vanidades", cuyo título ya nos da una pauta de lo que vendrá. Les un fragmento:

-Mamá, quiero "confesar".
-Me lo imaginaba; ¿qué quieres confesar, querida mía?
-¿Debo ausentarme? -preguntó Jo.
-Claro que no; ¿no te digo siempre todo? Me daba vergüenza hablar de ello delante de las niñas; pero quiero que sepan todas las cosas terribles que hice en casa de los Moffat.
-Estamos preparadas -dijo la señora March, sonriendo, aunque algo preocupada.
-Les dije cómo me vistieron, pero no dije que me pusieron polvo en la cara; me apretaron la cintura, me rizaron y me pusieron como un verdadero figurín. A Laurie no le pareció bien; lo sé, aunque no dijo nada, y un caballero me llamó "una muñeca". Yo sabía que era una necedad, pero me adularon y dijeron que era encantadora y muchísimas otras tonterías, así que dejé que me pusieran en ridículo.
-¿Eso es todo? -preguntó Jo, mientras la señora March miraba silenciosamente la cara de su preciosa hija sin decidirse a censurar sus tonterías.
-No; bebí champaña, brinqué y traté de coquetear; me comporté de un modo detestable -contestó Meg con tono acusador.
-Sospecho que hay algo más -y la señora March acarició la mejilla suave, que se ruborizó súbitamente, mientras la joven respondía lentamente:
-Sí; es muy tonto, pero quiero decírselos porque detesto que la gente diga o piense tales cosas de nosotras y de Laurie.
Entonces relató las murmuraciones oídas en casa de los Moffat, y a medida que hablaba notó que Jo y su madre apretaban fuertemente los labios como disgustadas de que hubiesen metido tales ideas en la mente inocente de Meg.
-¡En mi vida he oído mayores estupideces! -gritó Jo con indignación-. ¿Por qué no se lo dijiste así al momento?
-No podía; ¡estaba tan desconcertada! Al principio no pude evitar oírlas y después estaba tan furiosa y avergonzada que me olvidé que debía alejarme.
-Espera a que yo vea a Annie Moffat y verás cómo se arreglan las ridiculeces. ¿Conque tenemos "proyectos" y somos amigas de Laurie porque es rico y luego puede casarse con una de nosotras? ¡Cuánto se reirá cuando le diga lo que aquellas tontas dicen de nosotras!
-Si se lo dices a Laurie, no te lo perdonaré jamás. Ella no debe hacerlo, ¿verdad mamá? -dijo Meg, alarmada.
-No; no repitan esa necia charla y olvídenla lo antes posible -contestó gravemente la señora March-. Fui muy imprudente en dejarte visitar personas que conozco tan poco, amables probablemente, pero mundanas mal educadas y llenas de ideas vulgares acerca de los jóvenes. No puedo decir cuánto siento el mal que esta visita puede haberte hecho Meg.
-No te preocupes por eso; no dejaré que me haga mal, olvidaré todo lo malo y solamente me acordaré de lo bueno, porque pasé muy buenos ratos y  te doy las gracias por haberme permitido ir. Sé que soy una muchacha tonta y permaneceré contigo hasta que sea capaz de cuidarme por mí misma. ¡Pero es tan agradable recibir elogios y cumplidos, que no puedo negar que me gustan! -dijo Meg, medio avergonzada por la confesión.
-Eso es perfectamente natural y no pernicioso, si tu inclinación no se convierte en pasión y te hace conducirte de manera estúpida o indigna de una señorita. Aprende a reconocer y apreciar las alabanzas que vale la pena recibir y atraerte la admiración de las personas buenas por ser modesta tanto como hermosa, Meg.


Maquillaje, coquetería, dinero, matrimonio. Todos los ingredientes de los temas que importaban al comportamiento femenino burgués en el siglo XIX. A las March no las afectaba la riqueza, porque no la tenían, de modo que solo tenían para sí el buen comportamiento y el rubor natural que les daba no usar corsés tan apretados como usaban las Moffat. También recordarán seguramente el capítulo donde Jo se corta el cabello obtener dinero para su padre y Amy le dice horrorizada que se quitó "su única belleza". Al ser pobres, también se les vigilaba el comportamiento, ya que los vecinos podían pensar que buscaban en la amistad con Laurie una forma de acceder a través del matrimonio a la riqueza y lo importante era no mostrar el interés en un hombre. No es diferente de lo que les pasa a las hermanas Bennet en Orgullo y prejuicio, aunque las pautas de comportamiento social de principios de siglo XIX no eran las mismas que las de la época victoriana porque las revoluciones trajeron aires de liberación para toda la sociedad (piensen en los vestidos livianos de las Bennet) que luego serían cercenados. Alcott conocía otras formas de maquillaje o cuidados estéticos. En Una chica a la antigua, su libro más conservador (tan conservador que debe escribir una nota en el inicio a modo de disculpas) menciona la cold creme, la perforación de orejas para utilizar aros, el uso de postizos en el cabello y las tristes botitas bronceadas que Polly se compra en lugar de llevarle regalos a sus hermanos. Al parecer la tensión entre lucirse y no lucirse, embellecerse o lucir el rubor natural de las mejillas, era algo que le preocupaba a la autora y probablemente a la sociedad norteamericana de mediados de siglo XIX.

Dos mujeres, probablemente las tres últimas décadas del siglo XIX (fuente: The Commons de Flickr)


Estas pautas de comportamiento social e ideales femeninos permanecerán casi intactos hasta la Primera Guerra Mundial en el siglo XX. A partir de esa fecha, se produce una verdadera revolución en términos de maquillaje y también en términos de la liberación sexual femenina hasta llegar a su culminación en la década de 1950 donde el ideal femenino es el gran símbolo sexual del siglo XX: la hermosa Marilyn Monroe.


19 de febrero de 2012

Victoria




Si no fuera por esos peñascos que se ven en el horizonte, esta bien podría ser Victoria sacando fotografías en Mar del Plata, ¿no? El título de la fotografía es: On the beach, Avalon Bay, Catalina Island, California, U.S.A.  [no. 761.] (1870?-1906) y forma parte del catálogo digital de la New York Public Library. 

La fotografía estereoscópica era tomada con cámaras que poseían dos objetivos y cuando se veían a través de un visor especial, la imagen formaba una sola que tenía una apariencia de profundidad o lo que ahora conocemos como 3D. Para saber más, pueden leer Estereoscopía en la Wikipedia o pasar por este artículo de Fotomundo donde hay imágenes de los visores para este tipo de fotografías.

13 de febrero de 2012

Historia del maquillaje: de la Edad Media al siglo XVIII

La Edad Media tuvo dos características bien definidas: la religiosidad cristiana y las guerras por el control de territorios entre los señores feudales. La religiosidad cristiana tenía su preocupación centrada en el otro mundo, aquel que sería el definitivo, de modo que cualquier cuidado y preocupación por el cuerpo implicaba una falta de religiosidad. Las continuas guerras (ya fueran las de religión, las que conocemos como Cruzadas, o las guerras entre señores medievales) provocaban que los niveles de vida bajaran considerablemente y se viviera de un modo bastante precario, incluso en la población con mejores condiciones de vida. Cualquier estudiante de Historia de la UBA recordará siempre el chiste que el titular de Historia Medieval hacía sobre los campesinos y sus olores. "¿A qué olía un campesino en la Edad Media?" preguntaba el profesor. Y la respuesta era lapidaria: "A mierda". Y es que, ¿para qué cuidar el cuerpo si era solo un medio para transitar en esta vida? ¿Para qué ocuparse del cuerpo si lo importante era el alma y la vida eterna? A nivel del campesinado es probable que nunca se cambiaran la túnica, y menos aún se ocuparan de la higiene personal.

En la Edad Media, cualquier arreglo personal femenino estaba mal visto, a no ser que fuera el cabello y las damas medievales llevaban el cabello larguísimo (recuerden este dato porque volverá a aparecer cuando veamos el siglo XIX). Hace mucho tiempo, una profesora de literatura del secundario nos contaba que las mujeres llevaban el cabello muy largo y que incluso utilizaban cabello de mujeres muertas para hacerse trenzas postizas.

 Mujeres en la Edad Media (Fuente: La mujer en la Edad Media)

Hacia el Renacimiento se produce un cambio en el modo de concebir al hombre. El humanismo, el descubrimiento de América, las reformas religiosas pusieron de manifiesto que el centro del pensamiento de la época no estaba marcado por lo religioso, sino por el conocimiento del hombre mismo. Así, los cuidados estéticos volvieron a tener una gran importancia, sobre todo a la hora de ocultar las marcas que las grandes epidemias (la peste bubónica, la viruela) dejaban en el rostro y el cuerpo.

Isabel I de Inglaterra (Fuente: Wikipedia)


La Edad Moderna es la edad de los reyes absolutistas y de la vida cortesana. Ya no había guerras entre señores vecinos como en la Edad Media, ni los reyes debían recorrer sus territorios para mantenerlos bajo su poder, como debía hacer Carlomagno e incluso los Reyes Católicos. Los monarcas absolutos tenían un territorio sobre el que gobernaban casi sin disputas, un lugar de residencia fijo que era la capital del reino y alrededor de ellos nació la vida cortesana.

Con la vida cortesana se produce un regreso del maquillaje. Vivir cerca del rey (o la reina, como Isabel I de Inglaterra) era vivir en un mundo donde había que mostrarse y dejar ver la belleza y la riqueza. Será la época entonces de la ropa bordada en oro, las sedas, las puntillas y los corsés. La película Shakespeare in love lo muestra con eficacia: hombres y mujeres se hace ver en la corte de la reina Isabel I que es la primera en blanquearse el rostro, depilarse las cejas hasta hacerlas desaparecer, usar pelucas o teñirse el cabello y llevar vestidos fastuosos. El uso del colorete, por ejemplo, era necesario para darle al rostro un aspecto saludable, en una época caracterizada por epidemias que diezmaban la población europea.

María Antonieta (Fuente: Wikipedia)


Se continuaba con las prácticas higiénicas de la Edad Media, o la falta de ellas, pero la vida noble cortesana, que será característica de la Edad Moderna hará que sea necesario ocultar los malos olores. Así tomará una increíble importancia la fabricación de perfumes. La Francia de los Luises, aquella que centraba su vida cortesana en Versailles llevaba la delantera a la hora de la cosmética en tanto perfumes y maquillaje. Hombres y mujeres por igual se empolvaban el rostro y las mejillas con polvos, usaban lunares postizos, y pelucas de proporciones descomunales que era necesario mandar a despiojar de vez en cuando. Ver y ser visto en la corte era lo importante. Mostrar a todo el que quisiera ver la disponibilidad de riquezas y el gusto por gastarlo. La escena del despertar de María Antonieta en la película de Sofía Cóppola bien sirve para entender que ese era un mundo en el que lo importante era ser observado.

El ascenso de la burguesía al poder que se dará con esa serie de revoluciones (la industrial, la inglesa y la francesa) marcará un cambio drástico en ese modo de vivir mostrando. El siglo XIX traerá cambios para la mujer que se verá más que nunca obligada a estar dentro de su casa. El próximo post sobre la historia del maquillaje será, entonces, sobre el siglo XIX y la represión femenina.

6 de febrero de 2012

Historia del maquillaje: Egipto y Roma

La cosmética y el maquillaje están ahí para representar algo: enfatizar un gesto, mejorar una deficiencia, incluso generar una reacción. En tanto seres sociales, los humanos siempre están en relación con otros y parece ser que siempre se han preocupado por su apariencia. En las tumbas más antiguas se encuentra joyería, por ejemplo, clara señal de que los hombres y mujeres siempre han estado preocupados por qué piensa el otro sobre ellos mismos. Estos posts sobre maquillaje e historia son parte de mi interés reciente por el tema, por lo tanto son un punto de partida y no reflexiones finales o, más bien, son algunos pensamientos que tiene una historiadora cuando ve un labial :). Solo me dedicaré a la historia occidental, porque es la que más conozco y en particular la europea porque es la que más influencia tiene en el maquillaje actual.


Uno de los registros más antiguos conocidos sobre el maquillaje proviene de la civilización egipcia. En esta sociedad, a lo largo de los casi dos tres mil años de historia de lo que llamamos el antiguo Egipto, hombres y mujeres por igual se interesaban por la cosmética y el maquillaje. Son bien conocidas las imágenes de personajes egipcios usando los ojos maquillados con líneas negras. ¿Qué implicaría para un egipcio delinearse los ojos? Podemos inferir que se le daba una gran importancia a la mirada, ya que no parece, por la iconografía que se buscase otra modificación tan extrema del rostro. Me estoy preguntando si el énfasis en los ojos delineados no estaría influido por los mismos jeroglíficos, como si la mirada también fuera un signo. Incluso llegaron a desarrollar un mito para explicar por qué se maquillaban: Horus en su pelea con Seth perdió un ojo e inventó el maquillaje para poder restablecer la perfección de su rostro. Pero también se ha comprobado que el kohl protege de los rayos del sol, que en Egipto es insoslayable, de las moscas y de las enfermedades oculares.


Utilizaban polvos rojos darle color a las mejillas y los labios y verdes para pintarse las cejas y los ojos. Usaban aceites, miel y ungüentos para evitar que la piel se les pusiese oscura y para disimular las arrugas. Seguramente el sol les lastimaba la piel con facilidad, y quizá por esa razón eran tan adeptos al maquillaje. Conocida es la costumbre de Cleopatra de bañarse en leche de burra y probablemente fuera una costumbre que las demás mujeres pudientes también realizarían. También era frecuente el uso de pelucas e incluso la reina Hatshepsut llegó a utilizar una barba postiza que era atributo exclusivo de los faraones. Para la piel, que seguramente se resecaba por el sol y la sequedad del desierto cercano, utilizaban grasas animales como las de hipopótamos, cocodrilos o gatos y también aceites vegetales y miel.

Para los antiguos romanos, en cambio, el uso del maquillaje era mirado con cautela. Los hombres no lo utilizaban porque lo consideraban poco masculino y también estaba mal visto para las mujeres. Al ser una sociedad en permanente guerra, el ideal femenino por excelencia era la madre, la matrona, que se quedaba en su hogar cuidando los futuros soldados del imperio. 


El ideal de belleza femenino era la naturalidad y la palidez de la madre que se queda en casa cuidando a sus hijos y a su esposo. Si una mujer se maquillaba era porque deseaba incitar a la sensualidad y eso no estaba bien para las matronas romanas. Ahora bien, ese era el ideal. Al igual que hoy, son pocos los privilegiados que pueden llegar a tener esa capacidad de responder al ideal, de modo que, si bien era rechazado todo tipo de embellecimiento del rostro para las mujeres (excepto para las prostitutas), tampoco las mujeres tenían la piel perfecta y blanca. Las matronas romanas usaban aceites, harinas, cera de abejas, semillas, incluso sudor de animales para que la piel luciera tal como se esperaba. 

 Uno de los pocos que recomendaba el uso de maquillaje era Ovidio, precisamente conocido por su interés en las relaciones amorosas. Dice Ovidio en El arte de amar: “La belleza es un don divino, mas cuán pocas se enorgullecen de poseerlo; la mayor parte de vosotras carece de tan rica dote, pero los afeites hermosean el rostro, que desmerece mucho si se abandona”. En otra sección del Libro 3 (dedicado especialmente a las mujeres) recomienda: 

“Sabéis que el alyabalde presta blancura a la piel y que el carmín empleado con arte suple en la tez el color de la sangre. Con el arte completáis las cejas no bien definidas y con los cosméticos veláis las señales que imprime la edad. No temáis subrayar el brillo de los ojos con una ceniza fina o con el azafrán que crece en tus riberas, ¡oh transparente Cicno [un río]! Yo he escrito un libro corto sobre el modo de reparar los estragos de la belleza, pero donde hallaréis mucha doctrina. Buscad allí los cosméticos de que tenéis necesidad las feas; en mi arte aprenderéis mil útiles consejos, si evitáis que el amante vea expuestos sobre la mesa vuestros frascos: el arte solo mejora cuando disimula. ¿A quién no provocan disgusto los menjunjes con que os cubrís la cara, que por su propio peso resbalan hasta su seno?; ¿a quién no apesta la grasa que nos envían de Atenas extraída de los vellones sin lavar de la oveja? No me parece bien que en presencia de testigos utilicéis la médula del ciervo y os restreguéis los dientes: estas operaciones aumentan la belleza pero son desagradables a la vista.” 

No puedo dejar de sonreír cada vez que leo El arte de amar de Ovidio, está claro que el poeta sabía bien de lo que hablaba. Les recomiendo mucho El arte de amar, no solo tiene consejos muy interesantes sobre el amor (y alguna que otra controversia) sino que es un libro divertidísimo que demuestra que en dos mil años las cosas no han cambiado demasiado en estos temas. 

Recapitulando, entonces, por un lado tenemos una sociedad como la egipcia que utilizó el maquillaje como parte de la vida diaria y sin restricciones, probablemente con fines mágicos, rituales, de embellecimiento y hasta medicinales. Por otro lado tenemos la sociedad romana que si bien conocía las diversas formas en las que se podía cambiar el aspecto del rostro femenino lo asociaban a un marcado interés sexual, por lo cual se reservaba su uso a las prostitutas. Es curioso porque estos dos modos de entender el maquillaje han perdurado en el tiempo, e incluso se han alternado en la sociedad occidental. En el próximo post veremos algunas características del maquillaje (o la falta de él) desde la Edad Media hasta el siglo XVIII. 

Algunos links para seguir leyendo:
La matrona romana (en castellano).

2 de febrero de 2012

Cuestión de piel

A mediados del año pasado tuve una cirugía menor, nada grave y bastante rápida, con una recuperación casi inmediata. Lo que no fue tan simple fue la recuperación de la piel de mi cara que prácticamente retrocedió unos veinte años. Los que me conocen de cerquita, saben que en general tengo uno o dos granitos en la cara, porque mi piel es muy blanca pero también grasa y sensible (y peor si me pongo nerviosa). Me ha llevado unos seis meses de probar cremas y lociones para que la piel llegara a un buen estado, dentro de lo posible que puede llegar a estar mi piel. 

Esta breve explicación fue para introducir una de las cosas más interesantes que me ocurrió mientras trataba de recuperar mi pobre piel: descubrí el mundo del maquillaje. Quizá descubrir no sea la palabras más adecuada porque ya lo conocía, obviamente, pero nunca había llegado a interesarme en profundidad. Para desgracia de mi bolsillo descubrí que el mundo del maquillaje era un mundo casi infinito de tonos rosados, máscaras de pestañas y bases de maquillaje que nunca llegan a ser tan pálidas como el tono de mi piel (soy muy blanca y me niego a broncearme en verano, porque básicamente no me bronceo, así que permanezco pálida cual joven del siglo XIX que se blanqueaba la piel con polvos).

La hermosa Nefertiti con los ojos delineados (fuente: Wikipedia)

Con el interés por el maquillaje vino, casi imposible de evitar para mí, el interés por la historia de los cosméticos. Sabía de polvos que se aplicaban las mujeres para empalidecerse en el siglo XIX o el colorete subido que usaban las cortesanas de la corte de Francia del siglo XVII, pero poco más. No sabía, por ejemplo, que cada década del siglo XX tiene un estilo de maquillaje particular o que si las muchachas del siglo XIX tenían prohibido usar pintura en el rostro (porque eso era cosa de actrices y prostitutas), encontraban la manera de embellecerse dejándose larguísimo el cabello (y de ahí el tremendo sacrificio que hace Jo March al vender su cabello para obtener dinero para su padre en Mujercitas).

Labios rojos (fuente The Commons de Flickr)

Durante los próximos días voy a hacer algunos posts con la historia del maquillaje, al menos lo que apenas he empezado a vislumbrar. Una cuestión (un prejuicio, quizá) me da vueltas mientras busco información sobre este tema y es la siguiente: ¿no es el tema del maquillaje demasiado frívolo? Me he hecho esta pregunta varias veces, sobre todo al pagar algunos precios (créanme que iniciarse en este mundo afecta más al bolsillo que a cualquier otro ámbito de la vida :). Creo que si uno recorre la historia del mundo, se da cuenta que en las representaciones los seres humanos aparecen con marcas en el rostro hechas deliberadamente con tinturas vegetales o con polvos minerales, nada distinto de lo que hoy ocurre. Creo que la pregunta más que acercarse a la frivolidad o no del maquillaje, en definitiva, uno tiene derecho a algo de frivolidad en la vida :), debería ser "¿para qué?". ¿Para qué Nefertiti se delineaba los ojos o Cleopatra se bañaba en leche de burra? ¿Para qué un joven emo se delinea los ojos de negro? ¿Para qué una mujer usa un labial rojo brillante? ¿Por qué las maiko (aprendices de geisha) se pintaba por completo el rostro de blanco y rosa? Obviamente no vamos a poder obtener respuestas concretas, pero creo que va a ser una linda experiencia recorrer la historia del maquillaje en los próximos días, y también, por qué no, hacer una historia de las mujeres a partir del maquillaje.