200 años de Orgullo y prejuicio: Una defensa de la señora Bennet

La señora Bennet es uno de los personajes que ofrece más situaciones de humor en Orgullo y prejuicio gracias a sus intenciones desesperadas de casar a sus hijas. Ciertamente es el personaje más fidiculizado en las versiones fílmicas -el otro, por supuesto, es el señor Collins- y no puede negarse que sus obvias intenciones, sus pensamientos variables y su continua persecución de futuros maridos la hace objeto de risas. Hoy quería hacer una defensa de la señora y plantear que quizá no estaba tan equivocada.

La señora Bennet, de soltera Gardiner, ya que es hermana del tío Gardiner que lleva a Lizzie a pasear por el norte de Inglaterra -y, oh, conocer Pemberley- tiene cinco hijas en edad de casarse. Forma parte de los vecinos más acaudalados de la región, los Bennet no pasan necesidades económicas, al contrario, Austen se encarga de decir que eran uno de los más ricos entre los vecinos.

Miss Austen regrets - BBC - 2008
¿Cuál es el problema? Por cuestiones de sucesión, la propiedad del señor Bennet no puede pasar a su descendencia femenina. Por lo tanto, la propiedad pasará al descendiente varón más próximo, este es, el reverendo Collins (que en la novela es bastante más joven de lo que se lo suele representar). A la muerte del padre, como se encarga bien de informarnos la señora Bennet, las hijas heredarán solo aquello que la madre llevó al matrimonio dividido en cinco partes iguales. De esa porción de dinero, considerada su "dote", colocada en alguna entidad financiera, las muchachas recibirán una cantidad de dinero al año. Eso es lo que les ocurre a las mujeres Dashwood en Sensatez y sentimientos y era lo que le ocurría a Jane Austen y a su hermana Cassandra una vez muerto su padre. 

Como para las mujeres de ciertos grupos sociales el trabajo no era una opción, las muchachas quedarían en total dependencia de miembros de la familia con capacidad de sustentarse, tal como le ocurriría a Austen en su vida adulta. Existían algunos trabajos respetables como el de institutriz, -trabajo que realizará una de las heroínas de Charlotte Brontë, Jane Eyre- pero era un trabajo muy sufrido, el último recurso de una muchacha decente pero probre y sin familia. El caso extremo de la novela y el ejemplo más evidente del "mercado matrimonial" es Charlotte Lucas, la queridísima amiga de Lizzie, inteligente, práctica, que se casa con el reverendo Collins sabiendo perfectamente que su felicidad radicará en el interés de su marido en Lady Catherine y el jardín.

Entonces, ¿podemos culpar a la señora Bennet por querer casar a sus hijas? Eran cinco muchachas sin dote y pocas relaciones -como bien se encarga de señalarlo el Darcy antipático de la primera parte. Y como dice el glorioso inicio de la novela: Es una verdad conocida universalmente que un hombre soltero en posesión de una gran fortuna está buscando una esposa. Se comprende entonces el revuelo que causaron Bingley y Darcy, jóvenes y ricos al llegar a Netherfield y la desespereción de la señora Bennet en el primer capítulo. La competencia en el mercado matrimonial es más que amplia y sus hijas están en desventaja.

El problema, claro, radica en su método: sus modales terminan por avergonzar a sus hijas, a dos en particular, aunque ciertamente logran su objetivo con Lydia. Ahí, en la vergüenza que provocan los comentarios de la señora Bennet, está su ridículo y sus escenas de humor.

Sus objetivos, en cambio, creo que eran más que loables. Sabía bien a qué se expondrían sus hijas, tanto como lo sabía la mujer que la estaba creando, si no se casaban. Tanto Elizabeth como su madre comprenden que el matrimonio es una necesidad para poder sobrevivir en un mundo de pautas sociales que impiden a la mujer, excepto en algunas condiciones, ganar dinero.

Las novelas de Austen están llenas de esos personajes "dependientes" que viven del cobijo del dinero que les da la fortuna de los demás. Si uno lee las novelas y va rastreando esos personajes, se da cuenta que la visión de Jane Austen va cambiando hacia esos personajes -pienso, sobre todo, en Mansfield Park

Dos películas relativamente recientes contaron la vida de Jane Austen. Una con Anne Hathaway y James McAvoy, Becoming Jane, una biopic a mi gusto bastante decepcionante -excepto por James McAvoy que es hermoso :). La otra, mucho menos conocida es Miss Austen regrets, que narra precisamente el momento en que Jane Austen es una escritora publicada y leída en la Inglaterra de principios de siglo XIX y se encuentra con una propuesta de matrimonio. Esta última película, si bien no perfecta, la encuentro mucho más cercana a la realidad. Precisamente habla del problema del dinero, de la vida que Austen debe vivir junto a su hermano y la inmovilidad que implicaba esa dependencia.

Así que, ya saben, la próxima vez que vean alguna versión fílmica de Orgullo y prejuicio o lean el libro, recuerden que la señora Bennet... un poco de razón tenía.