Una cita con nosotros mismos


Cuando en 1810, los revolucionarios reclamaron la libertad de gobernarse a sí mismos, no lo pidieron para todos. Hubo grupos, incluso después de la conocida declaración de libertad de vientres de la Asamblea del Año XIII que permanecieron esclavizados, incapacitados para gobernarse a sí mismos. La democracia no era un fin para estos revolucionarios.

Fue la Constitución de 1853 que declaró la libertad de todos los hombres habitantes del suelo de la Confederación Argentina. Y fue solo en 1862 y del primer gobierno de Bartolomé Mitre, cuando realmente fueron impuestas las elecciones como el modo sistemático de elegir las autoridades del país. Era una república, sí (porque no había un rey ni una aristocracia que gobernaran) pero todavía no era una democracia, no todos podían elegir gobernarse a sí mismos.

Durante muchos años la política de la Argentina se hizo en la calle, a cuchillazos, en los barrios de las ciudades, en las pulperías.  Durante esos años, la política se hacía en los diarios, a los gritos en los edificios públicos y a través del fraude.

La ley de 1912, la ley Sáenz Peña, que se la considera un avance sobre estos métodos, estableció el voto secreto, universal y obligatorio. La ley sostenía una mentira: el voto no era universal.

La democracia, el gobierno del pueblo sobre sí mismo, se interrumpió en 1930. Ya no gobernaba el pueblo, gobernaba un grupo en nombre de sus propios intereses. Comenzó lo que se conoce como la década infame, en la cual, si bien había elecciones, el fraude era generalizado.

Un nuevo golpe llevó a un grupo de militares al gobierno en 1943, abriendo la política a sectores que antes no habían tenido representantes en el gobierno. En 1946, se regresó a la democracia y en 1947 el voto se hizo realmente universal: las mujeres pudieron votar.

En 1955 un nuevo golpe militar suspendió la democracia representativa. Cuando se decidió el retorno a la democracia, esto fue con un partido político proscripto. Dado que la democracia es representativa, eliminar la participación de un partido político indicaba que la democracia no era tal.

Un nuevo golpe militar en 1966 terminó con esa democracia que no era tal. Recién en 1973, se produjo el regreso a una democracia en donde todos los partidos pudieran participar de las elecciones y la población elegir de entre ellos a sus representantes.

En 1976 un nuevo golpe militar elimina la democracia, es decir, el gobierno del pueblo sobre sí mismo.

En 1983, un 10 de diciembre como hoy, subió al más alto cargo de poder del país, un hombre elegido por el voto del pueblo, un re-presentante.

Hace 30 años que el pueblo argentino se gobierna a sí mismo.

Los griegos inventaron la palabra democracia, el gobierno del demos, el conjunto de los ciudadanos, (aclaración válida porque la democracia griega no permitía el voto de otros miembros de la sociedad). La democracia de los griegos era directa, los ciudadanos se reunían en una asamblea y en ella se tomaban las decisiones que tenían que ver con la polis, la ciudad.

La democracia argentina, según lo establece la Constitución Nacional, es representativa y desde 1983, toda la población del país participa de la posibilidad de gobernarse a sí misma sin partidos proscriptos.

En una charla, el dramaturgo Mauricio Kartun, habló de la palabra representar. Representar es volver a presentar. El que re-presenta una obra de teatro está haciéndola presente otra vez. El teatro, y por eso me gusta tanto, cobra vida en la re-presentación

La democracia argentina no es directa como era la griega, y sí incluye a todos los habitantes del suelo argentino. Los argentinos gobernamos a nosotros mismos a través de nuestros re-presentantes. La democracia argentina cobra vida cada vez que vamos a votar, cada vez que el sobre con nuestra decisión entra en la urna, decisión que elige a alguien que es igual a nosotros mismos.

Cada vez que vamos a votar, la urna nos interpela: ¿Quién soy? ¿Qué lugar ocupo en mi sociedad? ¿Quién representa mis intereses? Porque esas respuestas son las que que tiene dirigen el voto: soy esta persona y por eso elijo a este individuo que va a re-presentarme, que va a presentarme otra vez, y sobre el cual voy a delegar un mandato: que ejerza el gobierno, delibere, eduque, tome decisiones, juzgue en mi nombre. Y es en mi nombre porque me representa, me re-presenta.

La democracia es uno de los bienes más amados y más frágiles que tiene nuestra historia. 

Celebremos hoy 30 años de democracia representativa, más que nunca en un momento tan complejo como el que nos toca vivir. Celebremos que desde hace treinta años elegimos gobernarnos a nosotros mismos.