Cortázar


Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Julio Cortázar y las redes sociales se hicieron eco del aniversario. Y es que, además de este aniversario, se cumplirán en agosto cien años de su nacimiento. Este 2014, sin dudas, será el año Cortázar.

No puedo decir que soy una gran lectora de Cortázar. Es más, suelo decir que Cortázar y yo nos hemos tomado un tiempo para reflexionar sobre nuestra relación. Hubo alguna vez amor, pero ahora estamos distanciados. De sus escritos, me gustan mucho los cuentos. Rayuela, su famosa novela, no me atrajo para nada cuando me dispuse a leerla. La Maga, la protagonista mítica, fue una gran desilusión. 

¿Caerán sobre mí los devotos de Rayuela? Tengan piedad, por favor.

Como dije antes, de sus escritos, me gustan los cuentos. Cortázar tiene una virtud que solo Lewis Carroll y Silvina Ocampo comparten: sus cuentos me recuerdan a mi infancia. Pero no a toda mi infancia así en general. Me recuerdan, sobre todo, a las tardes calurosas de verano, muy parecidas a este odioso verano que estamos sufriendo.

El sopor de esas tardes era interminable. Me aburría, me obligaban a dormir la siesta pero yo no podía dormir. Me aburría y me aburría más. En algún momento, no sé cómo, descubrí que ese sopor podía ser contraatacado con libros. La colección Billiken y la colección Robin Hood eran un ejército de historias rojas y amarillas que venían a transformar esa realidad en viajes, historias, fantasías. La realidad era la misma, pero ya no lo era.

Esa intromisión de la fantasía en la realidad es lo que me fascina de Cortázar. Si leyeron un cuento suyo lo saben: hay un momento en que de pronto la realidad cambia. Es un momento mínimo, pero todo se vuelve diferente. Esa sensación, se vuelve física en "Final del juego", probablemente mi cuento favorito de Cortázar. 

No muchos escritores emocionan tanto que la lectura se vuelve algo físico. Eso transforma a Julio Cortázar, en un escritor extraordinario.

¿Ven? 

Algo de amor queda todavía.