Una cita los martes (bueno, los miércoles): Lágrimas de fuego


Te aseguro que he pasado muy malos ratos, y estoy decidida a no pasar otros, que a mí ver deben venir. Convencida que estoy sola en el mundo, y que los hombres que me ha dado la suerte son para mi tormento, ya no pienso sino cómo hago sola todo. Te protesto que he llorado lágrimas de fuego porque Julio (*) me recordaba a su padre, que cuando yo necesitaba más de su auxilio, era cuando se esmeraba en desesperarme: esta es la misma sangre. A su negocio, a sus placeres, y los demás no les importa. Pienso pues muy seriamente irme al Janeiro. He tomado los más prolijos informes de los que vienen y todos ellos me dan la seguridad de vivir con la mitad de lo que aquí gasto y mucho mejor. Esto es preciso que yo pienso, pues sabes, desde que estoy aquí, con lo que cuento. Así, lo que te pido, es de hacer tu cálculo de lo que me pueden dejar, después de pagados los réditos que sabes, dejando para ti los alquileres de las casitas y la esquina, que la puedes alquilar como puedas, a fin de tener algo más, de modo que para tus gastos tengas las tres casitas y la esquina, y para mí los réditos, la casa grande y la que yo viví.

Mariquita Sánchez a su hija Florencia Thompson,
Montevideo, 14 de abril de 1846.


Esta carta tiene 168 años. Si ya pudieron leer La Dama de los Espejos saben que resume un momento muy complejo de la vida de Mariquita Sánchez, quien en ese momento tenía 59 años. Es una carta muy dolorosa y al mismo tiempo llamativa: Mariquita se considera una mujer sola que toma sus propias decisiones en una época donde eso no era lo común.  

(*) Julio Mendeville, hijo de Mariquita Sánchez y Jean-Baptiste Washington de Mendeville, su segundo marido.