Mariquita Sánchez en Río de Janeiro

Como mencionaba la semana pasada, es poco conocida la vida de Mariquita en Brasil, o siquiera que estuvo en Río de Janeiro durante unos meses entre 1846 y 1847. 

La vida de Mariquita transcurría entre Buenos Aires y Montevideo. A veces habitaba su casa de la calle Florida, a veces vivía con su hija Florencia, a veces se mudaba con sus hijos Mendeville a Montevideo. Los problemas económicos, los problemas políticos que no cedían, la tentaban a hacer un viaje más largo, uno donde pudiera vivir tranquila.

En un principio, la idea de Mariquita era viajar a Francia. En sus cartas aparece como su gran sueño y, después de todo, ella era esposa de un diplomático francés. El viaje había sido programado una y otra vez, y siempre pospuesto. La casualidad, la falta de dinero, o la propia voluntad de Mariquita impedían el viaje.

Querida Florencia:
 Yo te había dicho que me iba al Janeiro y ya al despedirnos debíamos las dos haber llorado y a pesar de esto, lloramos aún. Esta es nuestra suerte, y así, es preciso tomar nuestro partido. Si algo me puede consolar es el que no llores. Voy a un país delicioso, donde tengo personas que me esperan con ansia, donde nada me faltará. Voy con personas finas, bien acompañada, tratada como si fuera gente, segura, en un gran buque de guerra, con dos buenas criadas. No llores, pues. ¿Una vez en la vida no podré hacer mi gusto? Carmen, la de Alvarez, escribe contentísima desde allí. En todos puntos envidian mi viaje. No te aflijas, pues allí no tendré los sobresaltos que aquí, ni el infierno de la política para temblar por un enredo o un compromiso.

Montevideo, 14 de julio de 1846

Mariquita llega en agosto a Río de Janeiro y allí la reciben esos amigos finos que menciona en la carta a su hija. Son los emigrados que provocó el régimen rosista y también su embajador, Tomás Guido. Don Tomás Guido y su esposa Pilar Spano eran grandes amigos de Mariquita. Don Tomás había sido parte del movimiento revolucionario de la década de 1810 y uno de los pocos que quedaban. Mariquita y el matrimonio Guido serían muy amigos y se frecuentarían mucho en Río de Janeiro. El tiempo los había separado políticamente pero aún seguían siendo amigos.

La bienvenida que le dan en Río de Janeiro los emigrados es muy cálida y Mariquita se siente a gusto:

Pues aquí, amiga, la Señora Esposa del Encargado de Negocios de Francia en Quito (ella misma) está en el primer rango, y después están contentísimos todos conmigo porque encuentro esto divino, y les hablo en portugués. Si nos oyeras estudiar unas con otras, las Vernet, te morías de risa: -¿La Señora lo ha pasado muito bien? Muito obligada. Madame Mendeville e muito espiritual, muito graciosa. Yo les digo que en cuanto me den un bocadiño de terra, ya me quedo. Hay unas bromas sobre esto: que me van a hacer un palacio en una montaña. En fin lo paso estimada y muy obsequiada. Sería una ingrata si me quejase. Así, no tengas penas por mí: cuanto mi pobre cabeza y corazón permiten, gozo. Tengo mis esplines cuando pienso en mis hijas y en esos ratos lloro, y por las lanas, pues aquí no hay tan lindas ni tan finas ni tan baratas.

Río de Janeiro, 12 de septiembre de 1846

 Hijas y lanas le provocan esplines (melancolía) a Mariquita. Se quiere convencer de que no tiene por qué quejarse y jura que se divierte pero como dice en una carta unos días después, vive deseando cartas que no llegan. ¿Era posible una Mariquita sin Buenos Aires, alejada de la política, de su familia, de su casa?

La falta de su familia la agobia, pero también el clima, diferente del rioplatense al que está acostumbrada, clima que genera costumbres que le chocan y apenas acepta:

¡Qué calor hija! No tienes una idea de esto. No sé si aguantaré el verano, lo dudo. Por las mañanas estoy aturdida. El calor me cae sobre la cabeza más que en todo mi cuerpo. Aunque no salgo, hay muchas personas a quienes le pasa lo mismo. Se queda una aturdida; pero no lo creerías sino viéndolo, lo que esto me ha probado. Ya quisieras mi pecho para un día de fiesta. Aquí, mucho más viejas que yo, usan descote y manga corta. No se va de otro  modo en todo lo que es etiqueta. Voy pues como todas, pero ni un hueso se me ve.

Río de Janeiro, 28 de octubre de 1846

Acostumbrada a vivir en un clima templado, Mariquita se asombra de ver a las mujeres de Río de Janeiro con escote y mangas cortas. No está dispuesta a sacrificar su pudor de dama decente en nombre de calor. Que ni un hueso se le vea implica que, a pesar del escote y las mangas, lleva otros géneros para cubrir su cuerpo. Y por eso el calor se le iba a la cabeza.

Y, por sobre todas las cosas, la política la persigue:

No te puedo decir los pesares del pobre Guido con las locuras que escribe Mármol.
Le ha sucedido a Guido como a mí con los locos que me rodean. Aquí les costará trabajo enredarme, y si viene, no le recibiré, porque mi boca está cosida con dos hilos: ni una palabra. En lo que puedo hablar bien, hablo; en lo que no, callo. Me preguntaban unos personajes sobre Manuelita (Rosas)... Quisiera que me hubiera oído ella. La puse en cuanto cabe como creo que lo merece.

Río de Janeiro, 28 de octubre de 1846
 
 La experiencia en Río de Janeiro se complicaba con los meses. Una sociedad diferente, un clima diferente, la distancia de sus amores hizo que pronto se le fuera todo entusiasmo por la vida en Río. El calor la agobiaba y la preparaba para la partida:

Pues hija, estoy deseando irme porque el calor es lo más insoportable que puedes pensar. Es lo mismo que si te asaran. No hay nada en la naturaleza que te apague este calor, de nada puedes gozar. Los días te desesperan y esperas la noche y por la noche no puedes dormir, porque aún hay más calor, de modo que estás en un aturdimiento que no puedes gozar nada.

Río de Janeiro, 5 de diciembre de 1846

Aún así, le tomará un tiempo regresar a Montevideo. Solo a fines de febrero de 1847 podrá emprender el regreso, llena de amargura y desilusión:

Pronto me iré de aquí; y espero unos días para ver si llega un buque de guerra francés, para poderme ir con más economía. Si no se presenta, entonces, veré lo que pueda encontrar mejor en Montevideo, y de allí veremos lo que haremos. (...) Pierdo cada día la esperanza de ver la Europa. Mi espíritu empieza a disminuirse mucho y cada carta de Mendeville me quita diez años de vida. ¡Qué miserable suerte la mía! Yo creo que una sola de miles de mis acciones habrían hecho impresión aún en el corazón de Nerón; pero este hombre me detesta, y su rabia es que yo viva.

Río de Janeiro, 28 de febrero de 1847

La última carta de Mariquita desde Río de Janeiro encierra su desilusión y su desdicha. Ella llamaba a su viaje a Brasil "una quijotada" y en cierto modo lo fue. No era lo  mismo vivir sola en Montevideo (esa ciudad en espejo frente a Buenos Aires) que vivir en Río de Janeiro donde las damas iban de descote y brazos desnudos todo el tiempo. Regresó a Montevideo en marzo, en un buque inglés, donde sus amigos emigrados la esperaban. Y como Mariquita no dejaba de ser Mariquita, en una carta a Florencia escrita en marzo se quejaba de su partida de Río de Janeiro justo "ahora que era allí el tiempo delicioso".