Una cita los martes: Como todo el que no ha visto el mundo

Ahora noches (sic) salí a una reunión de música, ellos (Julio y su esposa Carolina) ni fueron; sin saber por qué estaba tan triste que todos me preguntaban qué tenía, porque desde el parto yo no he concurrido a la sociedad por evitar que me pregunten por el niño, pues cuando vuelvo me dice la criada había historia. La encuentro (a Carolina) desgreñada, lorando, me dice la había estropeado Julio y la había echado a la calle. Voy a ver a Julio y le hablo como puedes pensar, me contestó que haría de su mujer lo que le diera la gana y que si quería la mataría. Te puedes hacer cargo de mi situación. Se hizo una cama para la niña, yo no dormí un minuto pensando oir golpes (...) esta casa es un caos, un balde sin fondo, quiere vivir sin gastar, cada cuenta que viene es una pelea. Veo que no tiene con qué vivir, ya ves lo que me has mandado todo lo he gastado sin poder comprarme ni un vestido ni un mueble, compran cosas viejas, esto es un dolor y no creo que hubiera encontrado una mujer peor, y para colmo enferma y gorda que revienta. Esta niña no podrá jamás ser otra cosa porque es como todo el que no ha visto el mundo, porfiada sin igual. Jamás parece peinada, pues no quiere atarse el pelo porque es antiguo, envuelto y tomado con una peineta. (...) Se acaba de poner un vestido, se acuesta con él, pasa sobre una vereda sucia sin levantarlo (...) así no puede quedar bien con las gentes ni tener un buen criado, por supuesto esto solo es para tí porque es un consuelo tener esta confianza.

Mariquita Sánchez a su hija Florencia Thompson, 
Montevideo, 1854.

En la cita del martes pasado les contaba la compleja relación que había tenido Mariquita Sánchez con su hijo Julio Mendeville y la esposa de éste, Carolina Trápani. La relación entre los esposos incluía la violencia, los gritos y los escándalos. Carolina Trápani era una mujer impensada para Mariquita, tan ajena a su mundo (ese que no ha visto Carolina, como menciona en la carta) y le provocaba un gran dolor, que solo podía confesar a su hija Florencia en una carta desesperada y triste.