Una cita los martes: ¿Quién la leerá?



Mi querido amigo:
Mucho agradezco su carta. Hace tiempo que estoy muy triste y sin aquel aparente valor que usted me conoce. Mi inteligencia vive en un desierto... Su carta no podía venir mejor. ¡Cuánta razón tiene usted para decir que somos dos viajeros! Pues yo ando por el polo glacial, mientras usted, según su carta, recorre países más templados... Yo tenía mil deseos de escribirle hace días para felicitarlo por la idea de su obra; pero no tenía con quien mandar la carta. ¡Qué simpatías tenemos! Yo habría pensado y deseado hacer esa obra, es decir, hubiera querido saber hacerla, y, para consolarme de mi impotencia me decía: ¿quién la leerá?... Usted hará un gran servicio, pues nuestro idioma se estropea entre nosotros de un modo deplorable.


Mariquita Sánchez a Juan María Gutiérrez, 
Buenos Aires, domingo de junio de 1868

Mariquita. Gutiérrez. ¿Necesito decir más? A esta altura del partido cualquier cosa que lea entre ellos me resulta romántica. Y si no romántica, al menos melancólica: en cada carta me parece que están hablando de algo que ocurrió entre ellos en el pasado y que los mantiene unidos. Pero hay algo más en esta carta que me gusta mucho: un deseo reprimido. Gutiérrez está en proceso de escribir un libro sobre la lengua castellana y por eso su gran amiga lo felicita. Mariquita, además, expresa deseo: ella quisiera escribir un libro. Pero no lo hace. Siendo la que es, sabiendo su lugar como siepre lo supo, no se atreve a la palabra escrita y publicada. Será otra generación de mujeres la que se dedicará a escribir novelas y ensayos. Mariquita, como la mujer ilustrada que era, dejó su legado y su pensamiento en sus cartas.