¿Alguno escribe?

Hace muchos años, muchos de verdad, hice un viaje a Rosario. Fue un viaje iniciático, uno de esos que creía no tener hasta que me puse a pensar en esta entrada. Fue un viaje que recordé mucho cuando visité la escuela de Laferrere. Se los cuento.

Alma Maritano
En el año 1992 -les dije, hace muchos y escalofriantes años- las profesoras de Lengua y Literatura de escuelas secundarias solían dar para leer El visitante de Alma Maritano. En tiempos donde Internet existía pero solo para unos pocos, no muchos podíamos saber que, de hecho, El visitante pertenecía a un grupo de libros de Alma Maritano que contaban la historia de Gora-Inés, Niqui y Robbie tres amigos rosarinos, niños primero, adolescentes después, que crecían a lo largo de varios libros (Un globo de luz anda suelto, Vaqueros y trenzas, El visitante, En el sur, Cruzar la calle y Pretextos para un crimen y hace muy poquito salió Requiem para Max). 

La lectura de El visitante de mi segundo año de secundaria, estuvo acompañada por un viaje a Rosario. La excursion consistía en recorrer la ciudad, visitar el monumento a la bandera y el museo, ver las canchas de Rosario y Newell's y, además, conocer a la autora del libro, para muchos, la primera escritora o escritor que conocíamos de carne y hueso.

La conocimos en uno de los parques de Rosario, no recuerdo cuál. Era un día de sol, no sé si de invierno o primavera, pero no recuerdo sentir calor en ese momento. Ella estaba sentada en uno de los bancos del parque y nosotros, los chicos de segundo año del Parroquial de Morón, estábamos sentados en el piso. Mirábamos hacia arriba y nos daba el sol en la cara.

 En un primer momento nadie hacía preguntas, claro, es lo normal en cualquier clase -digo ahora que estoy muy canchera con esto. Recuerdo que la profesora de lengua empezó haciendo preguntas y después se animaron algunos compañeros, compañeras en realidad. ¿Y qué era lo primero que preguntaban las chicas? Si Robbie había existido. Es que todas estábamos enamoradas de ese chico solitario y lector que llegaba a una escuela de Rosario para revolucionar dos cursos. Uno de tantos amores literarios que tiene una...

Los chicos siguieron haciendo preguntas, Alma Maritano respondía. Yo miraba y escuchaba. Nunca, nunca, nunca y por más que lo intenté alguna vez, nunca podía hablar en público.

En un momento de la charla Alma Maritano, que daba y sigue dando talleres para adolescentes, preguntó: "¿Alguno escribe?", algunos dijeron que sí. Y después preguntó Alma: "¿Alguno tiene problemas para escribir?".

Ay, qué tremendo.

Porque yo sí escribía y sí tenía problemas para escribir. Pero como dije antes, no hablaba en público y menos que menos decir que escribía y que quería ser escritora. Así que no dije que escribía y que tenía un gravísimo problema para escribir y era que empezaba pero no podía seguir: en algún momento de la escritura me trababa y el texto quedaba ahí.

Pero una compañera, que si mal no recuerdo se llamaba Romina, se animó a decir que escribía y que tenía un problema: no podía seguir con la escritura después de un tiempo. La respuesta para mí marcó un antes y un después. Alma Maritano dijo: "Hay recursos para seguir escribiendo" e hizo un gesto con la mano de adentro hacia afuera, como mostrando algo, revelándolo, gesto que me han visto hacer en los talleres de narrativa que doy.

Solo eso dijo. Nunca dijo qué recursos. Dijo "Hay recursos". Y me quedó grabado. 

Muchos -y escalofriantes- años después, cada vez que tropiezo en la escritura me acuerdo de Alma Maritano, el sol dándome en la cara, el gesto de la mano y ella diciendo "Hay recursos". Creo que incluso se ha transformado en una suerte de mantra para mí. Cuando las cosas se complican pienso eso, "hay recursos", no importa cuáles, lo importante es no trabarse y seguir adelante.

Ejemplar de El visitante comprado en Rosario hace unos cuatro o cinco años (el de los catorce años me lo habían prestado).

 Durante la visita a los chicos de la escuela de Laferrere me sentí un poquito Alma Maritano. De hecho les preguntaba si escribían porque sabía que alguno por ahí debía haber, alguno que no se animaba a hablar o preguntar o siquiera a mirar a los ojos a alguien. Con los años me hice especialista en esa gente, los que se callan y ocultan pero que tienen cosas para decir pero que hablan con los ojos. Ojalá haya alguna Gabriela o algún Gabriel entre ellos y algo de lo que dije tuvo resonancia. Ojalá que sí.

Como ven, la experiencia en la escuela fue compleja, llena de emociones, recuerdos y hasta cierto redescubrimiento de mi propia historia como escritora. Me encantó y, con muchas ganas, espero que haya muchas más.