Cuando la lluvia fue algo más que una inundación

Hace un año más o menos Patricia, profesora de Lengua y Literatura, me invitaba a ser parte de un proyecto en una escuela secundaria de Laferrere. De inmediato dije que sí. Primero porque al haber nacido y vivir en Rafael Castillo (queda muy cerca de Laferrere) me sentía muy contenta de saber que había chicos que leían mis novelas y que conocían la existencia de un autor del mismo lugar que ellos. Segundo porque hace muchos años había vivido la experiencia de conocer a una escritora y, un poco egocéntrica yo, quería vivir la experiencia desde el otro lugar.


Decir que fue un día inolvidable es quedarme corta. 

A veces creo que es muy difícil explicar qué significa vivir en La Matanza. Muchos me dirán que debe ser lo mismo vivir en Avellaneda o Florencio Varela o Morón o algún otro partido del Gran Buenos Aires. Les aseguro que vivir en La Matanza, sobre todo algunas ciudades como R. Castillo, Casanova, Laferrere, González Catán es algo difícil de transmitir a menos que uno haya vivido ahí. No solo son los viajes en colectivo, la escasez de recursos, las visitas de los políticos que siempre coinciden con las elecciones, la violencia, las inundaciones, las calles de barro, la discriminación perpetua. En La Matanza todo escasea, así que la gente vive en perpetuo deseo de oportunidades que quizá no lleguen nunca. En La Matanza, no te cuentan la realidad por televisión, la vivís.

Como entenderán, fue un día donde todo se me mezclaba.

Los chicos había leído dos novelas mías Los que esperan la lluvia y Ojos color pampa. La propuesta de Patricia y de Norma, la otra profesora de Lengua y Literatura con la que trabajamos, fue la de hacer una entrevista en la que los chicos preguntaban y yo respondía. Enseguida, claro, se transformó en una charla. 


A esta altura de mi vida como escritora soy capaz de darme cuenta cuando un libro le gustó a alguien o no. No es algo que se pueda disimular o fingir. Y quedé muy feliz al ver que los libros les habían gustado muchísimo, que los conocían, los cuestionaban, los habían vivido.

Pero no solo eso.

La escuela en la que estábamos tiene justo un arroyo al lado. Un arroyo que se desborda y provoca inundaciones cuando llueve. Un poco más allá de ese arroyo está la cancha de Deportivo Laferrere, que se veía desde la ventana de la sala donde tenía lugar la charla. Para los chicos, y para cualquiera que viva en La Matanza, la lluvia siempre es peligrosa porque puede provocar inundaciones. Lo sé muy bien, nadie me lo tiene que contar: la calle en la que vivo se inunda cada vez que llueve (y sí, sigo amando la lluvia).

Pero lo hermoso es que gracias a ese librito que amo tanto que es Los que esperan la lluvia, el viernes pasado, en esa sala, "lluvia" fue algo distinto a una inundación. "Lluvia" fue encuentro, fue pasión, fueron (y esto me hizo morir de amor) los chicos que después de leer el libro querían salir corriendo a buscar a Clara. "Lluvia" fue algo distinto a una tragedia, a una noticia en la televisión. "Lluvia" fue amor. A veces, las revoluciones son un acto mínimo.


¿Debo decir que los chicos fueron amorosos? ¿Que nos sacamos fotos, que hicieron preguntas tímidas al principio y en confianza después? Hubo lecturas, relecturas, nuevos modos de leer las novelas, algún que otro reproche por Clara (la más malvada de mis protagonistas), mucho entusiasmo y mucho cariño. Mucha comida también, que hace falta porque no solo de libros vive el hombre.

Volví a casa toda amorosada (debería existir esa palabra), con un ramo de rosas al que le saqué fotos y no tengo idea dónde quedaron (sin palabras) y con esas bellezas que ven en las fotos. Son cajitas de madera que están trabajadas para que parezcan libros y les juro que yo pensé que eran libros cuando los ví. Los hizo Celeste, la hija de Patricia, que estaba en la escuela ese día, como también Renata, la hija de Norma. Los libritos son una ternura y cuando los abrí venían con caramelos (todavía hay, es un milagro), como se puede ver en la última foto.

Me quedé con ganas de más, para qué negarlo. Patricia prometió más para el año que viene, así que me quedo ilusionada. Patricia y Norma son dos de esas personas que son entusiasmo puro, de esas que con recursos mínimos logran mucho (revolución, actos mínimos, anoten) porque están dotadas de eso que en La Matanza abunda: deseo. 

A ellas dos, entonces, mi gratitud por esta experiencia.